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Un relato salvaje

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Lo que les voy a relatar a continuación es algo totalmente verídico. Disculpen el tono irónico de crónica policial en que está contado.

El día 23 de los corrientes, y por circunstancias que no vienen al caso, mi auto se encontraba estacionado  en la calle Juan María Pérez casi esquina con la Avenida José Ellauri, al sur de esta última arteria. En el momento en que procedo a dirigirme a mis actividades laborales habituales y mientras estoy realizando la maniobra consistente en sacar el auto del lugar donde lo había previamente estacionado para volcarlo a la circulación de la calzada, percibo otro vehículo automotor que supuestamente había cruzado Ellauri o doblado desde ella  prácticamente encima del mío. En parte porque no lo veo, en parte porque el otro vehículo se desplaza  a una considerable velocidad y no percibe mi maniobra ambos autos están a punto de colisionar. La pericia y los rápidos reflejos de los conductores evitan que este extremo ocurra, no pasando el incidente de una torpe maniobra de ambos, de esas que ocurren habitualmente en el medio de la turbulencia del tránsito de hoy en día. La situación es resuelta rápidamente, sin que además se produzcan los clásicos intercambios de epítetos ofensivos que son habituales en estas circunstancias. Superado el incómodo momento prosigo mi recorrido por la calle Juan María Pérez hacia el sur, con el vehículo con el que estuve a punto de colisionar detrás mío como no podía ser de otra manera. Puedo observar por el espejo retrovisor que es conducido por una dama, la cual luce tranquila luego del tenso momento pasado. Al llegar a la intersección de la calle Berro doblo en sentido oeste a los efectos de poder tomar la calle  Solano Antuña, momento en el cual puedo apreciar que el otro vehículo sigue detrás mío. No percibo nada extraño, hasta  el momento en que el otro rodado toma por la calle Solano Antuña siguiendo detrás mío en dirección norte, ya que eso implica que la dama que lo conduce está efectuando prácticamente una vuelta en U o un giro de 360 grados (lo que vulgarmente en la jerga callejera se conoce con el nombre de “vuelta manzana”), por lo cual infiero que me está siguiendo.  Al llegar a la intersección de Ellauri – y respetuoso de las reglas de tránsito – me debo en la necesidad de detener la marcha de mi rodado, a los efectos de esperar que el abundante tránsito que a esas horas circula  por dicha arteria ciudadana disminuya su flujo de forma que yo pueda efectuar el cruce de la misma sin problemas. La extrañeza de ver que el auto con el cual estuve a punto de colisionar – y cuya marca no puedo identificar, pero que parece bastante descuidado – hace tan extraña maniobra aumenta en magnitud cuando percibo que la susodicha conductora al detener también su vehículo desciende de él. Puedo apreciar una señora relativamente agraciada físicamente, relativamente joven (por lo menos para los parámetros de quien  escribe estas líneas) y correcta aunque informalmente vestida (jean azul y buzo de colores varios) que se acerca a donde mi rodado está estacionado y en forma intempestiva, dando muestra de evidente alteración mental comienza a emprenderla con golpes de puño contra la ventanilla de mi auto, a riesgo de romperlos, lastimarse seriamente y mancharme la pintura y el tapizado de sangre. Al fracasar en su intento de romperme los vidrios comienza a darle golpes al espejo retrovisor exterior izquierdo al punto que lo destroza completamente. Dadas estas circunstancias, y un poco asustado por el grado de irracionalidad de la dama sólo atiné a cruzar la Avenida Ellauri, bajándome del vehículo unos mestros más adelante a efectos de evaluar los daños recibidos, no teniendo más noticias de la dama en cuestión, la cual probablemente se haya dado a la fuga en su rodado. Sin más nada que hacer sigo camino hacia el taller de mi  mecánico de confianza a efectos de que me cambie el inutilizado adminículo.

Hasta aquí la “crónica” de lo ocurrido y a partir de ello van las reflexiones que se me ocurrió compartir en el blog. Más allá de lo absurdo del incidente y del primer y obvio pensamiento que a uno se le ocurre – “estamos muy mal” – me quedó una gran sensación de fragilidad y vulnerabilidad. Es que estamos regalados. Nunca sabemos cuando podemos toparnos con personas enajenadas mentalmente que terminen jorobándonos la vida.  Y si no pensemos en las personas muertas por el piloto suicida que estrelló el avión en los Alpes. Cuando llevé el espejo a reparar el mecánico me comentó que al lado de su taller tiene un lavadero de autos y que la persona que se encarga del lugar le ha comentado que varias veces al retirar alfombras, o abrir valijas ha encontrado armas de fuego escondidas, que los propietarios se olvidan de sacar al llevar el auto a lavar. Cualquier loco con un arma en medio de una calentura por un incidente de tránsito puede hacer un desastre. O sin ella, incluso. La mujer que la emprendió contra mi auto tuvo la suerte de encontrar un conductor tranquilo o miedoso (ustedes elijan la calificación que quieran) que no hizo nada más que huir de la agresión apenas pudo cruzar la calle. (ni siquiera atiné a tomarle el número de la matrícula). Ella misma quedó regalada, con un auto delante que podría haberla “encerrado” impidiéndole  la circulación y cuyo conductor podría haber devuelto golpe por golpe. Hay mucha gente que apenas le rozan el auto se enloquecen, (algunos incluso más que si le tocaran a un familiar). Imaginen si hubiera dado con alguien de ese tipo. Y si la mujer tuvo suerte, creo que yo también la tuve en no reaccionar y seguir mi camino. Después me quedé pensando qué hubiera pasado si me bajaba, probablemente la desquiciada la emprendiera a golpes de puño contra mí, y si en ese momento acertaba a pasar algún policía iba a ser difícil convencerlo que el agresor no era yo, y vaya a saber donde terminaba durmiendo esa noche. Y si por algún motivo la situación trascendía (pensemos por un rato que el protagonista en lugar de ser yo era algún personaje famoso), es fácil imaginar la presión de los grupos feministas, que, seguramente sin averiguar demasiado qué fue lo que pasó se hubieran puesto rápidamente del lado de la dama agresora y pedido la cabeza del hombre por violencia de genero. Ojo!! No se me entienda mal; esta conducta de condenar sin pruebas no es exclusiva de los grupos feministas ni mucho menos. Ante cualquier incidente confuso comúnmente tendemos a   presumir que la culpa fue de los “del otro grupo”, aún sin tener los más mínimos elementos de juicio. Podríamos dar una gran cantidad de ejemplos de la realidad.
Pero más allá de este incidente y de las reflexiones que me generó quiero compartir esto en el blog también por algo que me pasó después. Cuando comenté el hecho a mis amigos uno de ellos comentó que lo que a mí me había pasado era muy parecido a una escena de “Relatos Salvajes”, la película argentina de Damián Szifron. Como todavía no la había visto la conseguí y la miré. Se trata de una gran película y en ella efectivamente se relata un episodio con ciertas similitudes al que yo protagonicé, solo que en una escala mayor, ya que precisamente a una reacción se suma otra. (es antológica la escena de uno de los desquiciados defecando en el parabrisas del otro auto). Pero lo que más me impresionó fue que no solo mi historia estaba allí: al inicio de la película una persona maltratada decide vengase estrellando el avión que conduce – luego de trancarse en la cabina – matándose él y todos los pasajeros. Prácticamente, en esencia, la misma historia del avión de Germanwings. Créanme que quedé impresionado. Después cuando busqué en internet me di cuenta que ya mucha gente había visto la macabra similitud. Les confieso que por las dudas cuando vea un guinche de la Intendencia llevándose un auto voy a tratar de irme lejos.
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