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NUESTROS HERMANOS ARGENTINOS

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Los uruguayos solemos jactarnos de ser tolerantes respecto a otras culturas o nacionalidades. Siendo sinceros debemos convenir que en la comparación internacional somos bastante menos xenófobos que el común de los ciudadanos de este planeta, pero sin embargo mantenemos un reflejo de ingenuo patrioterismo cuando de compararnos con nuestros hermanos argentinos se trata. Intentamos de todas formas posibles diferenciarnos de ellos, especialmente de los porteños – ese calificativo levemente peyorativo con el cual comenzamos a conocerlos desde nuestra niñez, apenas tomamos contacto con los textos de historia escolar -, sin asumir que somos una copia en miniatura de ellos, algo así como los hermanos menores.

Hay un chiste muy popular sobre cómo se hace para fabricar un uruguayo que nos divierte mucho. Sin embargo, nunca hemos podido captar la esencia del mismo. Nos fijamos únicamente en la abundancia de una determinada sustancia que el resto del mundo percibe que abunda en la casa de nuestros vecinos sin percatarnos de lo otro: que cualitativamente se nos ve como lo mismo que ellos. La diferencia está en la cantidad, pero de última los ingredientes son los mismos, nos guste o no. Y en cierto sentido eso es así para casi todo. Por más que intentemos diferenciarnos de ellos nada se parece más a un argentino que un uruguayo -, solo que por alguna razón – probablemente por alguna sustancia de más en la mezcla – a ellos se les marcan más tanto sus defectos como sus virtudes. Como dice la Bersuit en su impresionante canción autocrítica “La Argentinidad al Palo”.  “Del éxtasis a la agonía/oscila nuestro historial./podemos ser lo mejor/ o también lo peor,/con la misma facilidad.”

Es que, además, todas aquellas supuestas virtudes de los cuales los uruguayos nos vanagloriamos y usamos para diferenciarnos de ellos están basadas en nuestro perfil bajo en comparación con su extroversión.

Así somos sencillos, austeros, modestos, sobrios, en cambio ellos son frívolos, bullangueros, sobradores, pedantes. Nosotros somos educados y respetuosos y ellos se llevan el mundo por delante con su prepotencia y altanería. Nuestro entramado social es sólido y nos asegura bajos niveles de corrupción. En cambio allá, como dijo Jorge Batlle son “todos ladrones, del primero al último”.

Lo argentino es algo que a nosotros nos permite diferenciarnos positivamente –hasta el propio nombre de nuestro país trata de dejar bien en claro que nosotros somos los que estamos de este lado del Río -, no solo frente al mundo sino internamente. Juega también como un elemento para descalificar al otro. La televisión uruguaya no es desestabilizadora como la argentina – que ha llegado incluso a voltear algún presidente – pero si comienza a ponerse muy crítica en seguida aparece la acusación: “esto no condice con nuestro estilo, nos estamos pareciendo a la prensa argentina”.

No hay actitud más estúpida que la del uruguayo que vuelve de otro país (caso típico Chile) con el siguiente comentario: “Al principio nos trataban mal, porque pensaban que éramos argentinos. Ni siquiera nos hablaban. Pero después que les decíamos que éramos uruguayos eran todo amabilidad, unos tipos bárbaros los chilenos”.

Normalmente el uruguayo queda complacido con esa muestra xenófoba dirigida ¿por error?, perdona a sus agresores e inmediatamente adopta una suerte de complicidad con quienes previamente lo despreciaron. Si la cosa da para intimar empieza a festejar los infaltable chistes sobre porteños con que el otro pretende compensarnos: “¿por qué se sube un argentino al cerro San Cristóbal? Para ver como la ciudad se ve sin él. Ja ja ja, qué piensa un Argentino cuando hay tormenta eléctrica? que Dios lo está fotografiando..jua jua“. Nunca se pregunta si originalmente lo maltrataron solo porque su forma de hablar hizo que lo tomaran por argentino o porque captaron en sus maneras rioplatenses aquello mismo que les (nos) molesta de nuestros vecinos. No se da cuenta que, en su ingenuo papel de hermano menor ha sido usado, con complicidad por quienes detestan a toda su familia.

En la misma línea mucha gente se sintió indignada con Maradona cuando durante el mundial de Italia de 1990 la televisión lo mostró en primer plano profiriendo una puteada histórica ante el público italiano que silbaba el himno argentino, por el solo delito de haber tenido las suficientes agallas de sacar del mundial al país que le daba de comer. “Estos argentinos son siempre los mismos ordinarios” se podía oir por todos lados. Nadie reparaba en el acto de desprecio que había dado origen a aquella reacción, acto de desprecio muchas veces también dirigido a los uruguayos o a los sudacas en general.

Ni qué hablar de la actitud que toman la mayoría de los uruguayos en materia futbolística. Nada nos duele más que nuestros vecinos tengan algún logro, nada nos gratifica más que verlos caer derrotados.

Nos inventamos, además, una rivalidad bidireccional, cuando en realidad ellos nos tienen mucho más cariño que el que en realidad les profesamos. Los ejemplos de uruguayos que triunfan y son ídolos en la vecina orilla – Francescoli, China Zorrilla, Víctor Hugo Morales, Natalia Oreiro – contrastan notoriamente con nuestros lamentos cada vez que llega algún profesional de la vecina orilla “a sacarnos el trabajo a los uruguayos” o a “meterse en las cosas nuestras” (casos de periodistas que  tuvieron programas aquí, como Lanata por ejemplo)

Nos ofendemos cuando sentimos que ellos se “apoderan” de algunos de los nuestros, pero lo cierto que muchos personajes uruguayos terminaron siendo argentinos “por adopción” en la medida que triunfaron allá y fueron muchas veces valorados por su público más que el nuestro, aunque nos duela. Eso sí, mediocremente pretendemos vengarnos enarbolando la presunta – y en caso de ser cierta accidental – nacionalidad oriental de Gardel, que por encima del lugar donde le tocó nacer era típicamente porteño.

Este sentimiento antiporteño encierra además una paradójica contradicción, por un lado no nos gustan, pero por otro lado somos ávidos consumidores de todos lo que ellos producen: los programas de televisión, su música, sus revistas, las historias de su farándula, su fútbol. Buenos Aires ha ejercido siempre una especial fascinación en varias generaciones de uruguayos que acuden a esta ciudad a fascinarse con su bullicio, disfrutar su comida, sus espectáculos o sus avenidas. Es como ir a la capital. Y por supuesto a la admiración inicial sigue el pueblerino reparo: “una ciudad muy linda, pero no para vivir”, “”un ritmo de vida demasiado apurado”, “el calor y la humedad son insoportables”, “no tienen playa”, y últimamente se ha agregado “acá no hay secuestros ni aviones que se salen de las pistas de los aeropuertos”.

Los programas de televisión argentinos, desde Tinelli a Intrusos, pasando por Susana Giménez o los noticieros de Crónica no sólo arrasan con los rating de la televisión de este lado, sino que además sirven como modelos para la televisión nacional. La mayor liberalidad en el lenguaje (vg, uso de malas palabras), en la vestimenta de las modelos, el uso de las cámaras que se mueven o filman desde ángulos no convencionales, los programas humorístico-periodísticos, las entrevistas medio en joda a los personajes políticos, el mayor ritmo derivado de trucos de edición consistentes en cortar pasajes superfluos o apurar la velocidad son recursos que hace mucho aquí se copian de allá.

Algunos mitos culturales

En uno de los puntos donde normalmente solemos compararnos con ellos con éxito es en el plano de la cultura. Nosotros somos más cultos, ellos más superficiales.

El humor uruguayo es fino, el argentino grosero

Probablemente esta acendrada creencia tenga sus orígenes en la década del 60 cuando programas uruguayos como Telecataplum y Jaujarana desplegaban un fino humor que tenía mucho éxito en Buenos Aires. Era un humor sutil, con mucho de ingenio y de ingenuo, (hoy no harían reir a nadie) apto para todo público, y contrastaba con el humor más directo y subido de tono de los programas argentinos.

Esta diferenciación de nuestro humor respecto al argentino que nos deja tan bien parados parte de una arbitraria distinción entre humor fino y grosero que de última obedece a nuestras conocidas represiones sexuales, ya que lo grosero se identifica normalmente con la temática sexual o escatológica, más aún si es explícito.

Así se valora como grosera la aparición de una mujer con poca ropa, muy común en los programas argentinos, pero no los chistes también comunes de los programas uruguayos donde nos burlamos de la gente con poca educación, de los retardados mentales, de los mellados, etc. Por otra parte lo fino es normalmente asociado con lo sutil e intelectual, por contraposición a lo grosero, mucho más asociado a lo directo (lo cual no impide que haya chistes relacionados con la temática sexual que sean sutiles).  Un caso típico de error de juicio es el del humorista Juan Verdaguer, que ha sido tradicionalmente calificado como el típico humorista “fino” uruguayo, cuando su temática era típicamente machista y de desprecio a la mujer. Eso sí, no decía una sola mala palabra.

Pero aún aceptando esa distinción entre lo fino y lo grosero basada en la temática es muy difícil sostener esta diferenciación cuando uno observa por ejemplo que en Argentina existen o existieron humoristas con estilos como los de Les Luthiers, Landriscina, Quino, Fontanarrosa, Pepe Arias y en Uruguay abunda el humor grueso de las murgas, los  Orpi, o Cucuzú.

Y además, donde clasificamos a tipos como Pinti, Barry, Olmedo (que parece que después de muerto queda bien decir que fue un genio, cuando durante años se le defenestró como exponente de la grosería argentina), Gasalla, Perciavalle, Peña, etc.?

Otra cosa contradictoria en esta presunta superioridad cultural del humor uruguayo – y que hace que la diferenciación cultural de ambas márgenes del Plata no se sostenga ni 5 minutos – es cómo el humor “fino” de los uruguayos triunfa en la “ordinaria” Buenos Aires, mientras que los “cultos” uruguayos son grandes consumidores del denostado humor porteño.

La culpa la tuvo el otro

En ese antiargentinismo a veces los uruguayos vemos una inmejorable oportunidad para justificar nuestros errores o características negativas echándole la culpa a nuestros vecinos.

Para empezar en nuestra historia, ellos con su traición son los culpables de la derrota de Artigas y de la mala fama que siguió al prócer durante muchas décadas  (hasta que tuvo que venir el General Máximo Santos, uruguayísimo dictador,  a reivindicar su figura prohibiendo además los textos que hablaban mal de él)

Los uruguayos somos unos pobres santos que tenemos mala fama en el exterior por culpa de nuestros vecinos. La gente nos confunde y como los europeos y norteamericanos no saben mucho de geografía no hay forma de hacerles entender que somos cosas distintas. Para ellos somos tan salvajes como nuestros hermanos del otro lado por más que nos esforzamos en demostrarles – con nuestra conducta intachable – que nosotros no somos los que robamos en los supermercados, no pagamos nuestras deudas, encontramos maneras de hablar por teléfono de garrón, o ensuciamos la calle. Los que dan patadas jugando al fútbol son ellos, pero a los que nos echan jugadores es a nosotros. Por culpa de ellos cargaremos eternamente con esa cruz.

Todo lo malo parece que viene de allá: en Argentina florecen modas negativas que después nosotros – pobrecitos – importamos pasivamente: la violencia en las canchas de fútbol, las barras bravas, la delincuencia organizada, la grosería en los programas de televisión, la droga, las modas frívolas, la forma de hablar, la superficialidad, los vicios de la juventud. Argentina también es el trampolín a partir del cual ingresa en Uruguay todo lo importado del primer mundo.

Los políticos son especialistas en aprovecharse y echarle la culpa a los porteños, lo cual quedó patéticamente demostrado en la crisis de 2.002.

Para empezar, la aftosa vino de Argentina, y de allí también vino la crisis financiera. Todos nuestros problemas comenzaron con el corralito en Argentina, la caída de la convertibilidad, la crisis del Banco de Galicia y del Banco Comercial (no hay que olvidar que los hermanos Rohm son argentinos). Incluso desde allí partieron rumores y campañas desestabilizadoras. El propio Presidente Batlle atribuyó intentos desestabilizadores a “ese tal Gordo Lanata”. ¿nuestra responsabilidad? bien gracias.

Frente a ese foco infeccioso existente del otro lado del Plata los uruguayos estamos totalmente indefensos, nuestra tantas veces glorificada cultura, nuestro entramado social, nuestras leyes, nuestras instituciones políticas y económicas nada pueden hacer.

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