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EJEMPLAR JORNADA CÍV ICA

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El domingo 10 volvimos a tener elecciones. Está bueno poder votar seguido; es uno de los pilares sobre lo que se sustenta el muy imperfecto pero imprescindible sistema de gobierno conocido como democracia.

Cada elección trae consigo una nueva escenificación de un ritual que incluye no solo a los votantes, sino a los políticos y a los medios de comunicación, un ritual en el cual – como no podía ser de otra manera por ser un hecho tan importante  para el país – sacamos a relucir buena parte de nuestras características como sociedad –  y por supuesto dentro de ellas  muchas de nuestras carencias y miserias.

Empecemos con una que nos caracteriza hace mucho tiempo: la falta de imaginación. El rito tiene una cantidad de elementos que se repiten tal cual, monótona y aburridamente cada vez que llegan las elecciones. Una vez finalizada la veda electoral, y pasada la excitación de la campaña,  parece que los medios cayeran en una especie de “estado refractario”. Todo se achata, particularmente el día mismo de la elección. Y ahí comienzan con lo único que pareciera que saben hacer: repetir. Durante todo el día efectúan un despliegue y una movilización de recursos desacostumbrada para hacer una serie de notas y emitir una serie de informaciones que normalmente no le interesan a nadie. Ahí comienzan con el rito de las filmaciones y breves entrevistas a los personajes políticos cuando van a votar. Los principales políticos posan con aspecto trascendente  cuando introducen su voto mientras son tomados por los fotógrafos. Invariablemente mirando y sonriendo a la cámara y no a la urna, como hace todo el mundo – La mayoría de ellos – impedidos por la absurda veda de opinar sobre política– emiten breves declaraciones donde expresan lugares comunes: “Una muestra de la madurez del pueblo uruguayo”, “Esto es una fiesta”, “Gane quien gane es un triunfo de la democracia”. “Esperamos confiados”. “Felicitaciones al pueblo uruguayo” Otros se la juegan un poco más, postulando que hay que reformar el sistema electoral, que son demasiadas elecciones, que hay que habilitar esta u otra posibilidad, etc., cosas que obviamente después caen en el olvido rápidamente. Paralelamente las noticias más importantes de la jornada son: “A tal hora votaron el 10% de los inscriptos”, “La jornada se celebra con total normalidad”, “Está previsto que a las 12 horas en la Escuela Elbio Fernández  vote el Dr. Julio María Sanguinetti” “La gente se volcó masivamente a las urnas mostrando el apego de nuestro pueblo a la democracia”. “Tabaré Vázquez votó a las 8.30 en el Club Arbolito acompañado de su hijo
mayor”. “Largas colas se formaron en las primeras horas en lo
s centros de votación”, “Faltan dos horas para que cierren las mesas de votación”. “La Corte Electoral reiteró que no habrá prórroga de la hora de cierre”. Por ahí además le hacen alguna entrevista a la gente que trabaja en las mesas, donde les preguntan invariablemente cuanta gente ha votado hasta el momento o si están cansados. Y siempre algún candidato que da la nota…. la nota Resultado de imagen de BATLLE VOTANDOrepetida: ya sea el infaltable que besa el sobre antes de su introducción en la urna, o el que da pie al comentario de “fulano hizo la cola como uno más pese a que la gente le ofreció dejarlo pasar”. Después del mediodía nos vamos enterando qué comió cada uno de los candidatos más importantes, donde pasó la tarde y a qué hora se dirigirá a su “bunker” (curiosa palabra con tufillo totalitario trasladada a la democracia) a esperar el veredicto del soberano.

Sobre el final de la jornada, el estado refractario parece empezar a dar lugar a una nueva excitación. En todos los canales aparecen los politólogos, haciendo tiempo con comentarios intrascendentes (“la participación fue del 88%”, “n o pensamos que vaya a haber sorpresas”, “es de destacar la normalidad del comicio”) esperando el
segundo preciso en que se levante la también absurda veda informativa para tirar el primer  pronóstico.  (Paradójicamente el día de las elecciones parece que algunos principios democráticos no rigen: no se puede opinar de política y no se puede informar sobre determinados temas).  Y luego, una de las cosas más absurdas e inútiles  de todas: la transmisión del conteo de votos en vivo desde algunas mesas de votación estratégicamente elegidas. La primera vez que hicieron esto fue con el retorno de la democracia y fue novedoso. Hoy es una inútil repetición, más aún si tenemos en cuenta que – más allá de su nula significación estadística – la siguen mucho tiempo después de que los números finales estén definidos. Por ahí, alguna vez salta alguna anécdota graciosa, pero son las menos y no es el objetivo de estas trasmisiones. Algún día se les ocurrirá algo diferente?

Otra de nuestras miserias como sociedad sale a relucir con la obligación del voto.  La obligatoriedad del voto es parte de una lógica política de introducir o mantener disposiciones cuando conviene a los fines de quienes las impulsan y no por una cuestión de considerar que es lo mejor para el país. Es de la misma familia que el voto consular. Quienes apoyan  el voto consular – el Frente Amplio básicamente– es porque suponen que fuera del país hay más votantes suyos que de los otros partidos, o por lo menos, que la capacidad de movilizar votantes en el exterior es mayor que la de los otros partidos.  Así apoyan el voto consular simplemente porque piensan que eso les ayudará a ganar las elecciones. Correspondientemente los partidos que se oponen, tampoco lo hacen por una cuestión de principios, sino que lo hacen por el motivo opuesto: porque piensan que – por las mismas razones – el voto del exterior los va a perjudicar electoralmente. Las justificaciones vienen a posteriori, y para cada uno es fácil ubicarse en alguna de las dos bibliotecas existentes. Pues bien, el voto obligatorio existió desde la Constitución de 1918, pero recién se reglamentó para la de 1971. ¿Cual fue el motivo de que justo de golpe el sistema político se acordó que la Constitución decía que el voto era obligatorio? No fue ninguna cuestión de principios, obviamente; simplemente que en esa fecha el sistema político se vio sacudido por la aparición del Frente Amplio y su formidable capacidad de movilización, muy superior a los anquilosados métodos de blancos y colorados de arriar votantes con promesas de empleos, teléfonos o chorizos. Los votantes del Frente Amplio se manifestaban en masa en la calle y amenazaban con tener una gran votación. Los partidos tradicionales presumían – con razón – que existía un grupo de personas – parte de la llamada mayoría silenciosa – compuesta fundamentalmente por gente indiferente,  personas mayores, o incluso por individuos con dificultades para trasladarse (pensemos en un día de lluvia con caminos embarrados en  el interior profundo, entonces bastión de los partidos tradicionales ) que necesitaban un pequeño empujoncito para ir a votar. Y que de hacerlo lo harían mayoritariamente por ellos, puesto que en aquella época los partidos tradicionales eran mayoría entre la gente de más edad y del interior. El “empujoncito” fue la reglamentación de la obligatoriedad del voto con toda la campaña de miedo incluida (el que no vota se queda sin cobrar la jubilación, o tiene que pagar una elevada multa y cosas por el estilo). En una situación inversa en 1982 en ocasión de celebrarse las elecciones internas de los partidos políticos, la Corte Electoral – controlada obviamente por la dictadura –  repetía en los días previos al acto, en forma machacona que el voto no era obligatorio. Cuál era la razón de esa insistencia? Desincentivar a la gente a que fuera a votar, ya que una alta votación masiva fuera para quien fuera significaba un respaldo a los partidos políticos que la dictadura había reconocido a regañadientes. Cuanto menos gente fuera a votar mejor. Hoy por hoy nadie piensa eliminar la obligatoriedad del voto – o acotarla, por ejemplo eximiendo a los mayores de determinada edad, por más que es – a todas luces – una limitación de la soberanía del individuo.  Seguramente nadie en el sistema político quiere meterse en esa aventura que puede tener consecuencias imprevisibles. Hay una cierta percepción de la existencia de un menor compromiso político en la actualidad, especialmente entre los jóvenes, y eliminar la obligatoriedad del voto puede terminar convirtiéndose en un arma cuestionadora del sistema. Nadie está dispuesto a hacer la prueba. Porque nadie sabe para donde irán los tiros.

Ahora bien, si arriar votantes de la mano de esa disposición nos parece una limitación a las libertades individuales y una hipocresía de la clase política mucho peor nos parece la consecuencia que tiene esto sobre un sector del electorado: el de los mayores de edad o simplemente de personas con dificultades de movilización.  Constituye una brutal violación a los derechos humanos obligar a votar a personas mayores de edad o gente con dificultades.  Cualquiera que haya participado en una mesa de votación o que haya estado en un circuito de personas mayores es testigo del lamentable espectáculo que dan los pobres viejos moviéndose con dificultad, ayudados por familiares – quienes muchas veces aprovechan de la franquicia que da la ley de acompañarlos al interior del cuarto secreto para cambiarles el voto.   Recuerdo en una oportunidad haber integrado una mesa electoral en el Cordón. Al lado de la mesa había una casa de salud. A última hora de la tarde llegaron todos los ancianos acompañados de los responsables de la casa. Eran unos diez, votando observado, tal como permitía la reglamentación de la época. Todos estaban en lamentable estado – algunos de ellos ni siquera tenían fuerza o firmeza en sus manos como para dejar sus huellas en la plancha – y entraban invariablemente acompañados por los responsables de la casa. Obviamente era bastante difícil que el voto emitido respondera a la voluntad – si es que existía – de aquellas pobres personas.Seguramente los responsables de la casa votaron varias veces ese día.

Por otra parte es muy raro que los lugares de votación tengan accesos preparados para personas con dificultades. Cómo van a tener si la mayoría corresponden a escuelas o edificios públicos o de entidades privados donde raramente existen !!  Uno no va a pretender que las acondicionen especialmente para ese día con rampas para discapacitados, ni siquiera con sillas para que puedan descansar mientras esperan. Adicionalmente  nuestra anquilosada organización electoral mantiene la tradición de agrupar los circuitos de votación de acuerdo al momento en que se inscribió cada persona originalmente, con lo cual hay “circuitos de viejos” y “circuitos de jóvenes”. Las personas mayores se aglomeran en algunos circuitos, lo cual implica por un lado más trabajo para quienes les tocó trabajar ahí, pero por otro lado impide darle un tratamiento preferencial a los ancianos en el momento de votar. Si en una mesa mezclada entra una persona de 90 años es más fácil que la dejen pasar primero. Si el resto de las personas en la cola son de una edad parecida tendrá que estar muy deteriorado para que ello ocurra. Algo muy lamentable que una sociedad que se llena la boca con la palabra solidaridad obligue inhumanamente a personas con dificultades a trasladarse a centros de votación.

El domigo pasado me tocó votar en un circuito compuesto mayoritariamente por adultos mayores. Las personas cuando votan, especialmente los más veteranos, tienen también sus ritos. Está el que se levanta temprano, se pone sus mejores ropas y el que aprovecha este momento para revivir la ilusión de encontrarse con viejos compañeros del barrio. La fila era larga, estuve más de hora y media, tiempo en el cual aproveché para wasapear con amigos y familiares (eso para todos los retrógrados que critican las nuevas tecnologías de la comunicación que le permiten a uno, como en este caso, aprovechar horas muertas) mientras prestaba atención a algunas de las conversaciones. En un costado un señor veterano le decía a otro de su misma edad: “sabés quien se murió?” y mientras le daba el nombre y le respondía con detalles a la clásica pregunta de “como fue” dos señoras delante mío hablaban de los tiempos de antes, de como a la juventud de ahora no le interesaba la política…”mire si en esta cola ve a algún joven?” (la señora parece que no se daba cuenta que los circuitos se agrupan por edad) y de como antes la vida se vivía con menos apuro y ansiedad. Atrás mío un señor contaba en voz alta las personas que tenía delante de él a medida que iban pasando; “quedan doce, quedan once”. Un hombre y una mujer discutían si era Germán Barbato o Barrios Amorín la calle que antes se llamaba Médanos.  En un momento la cola se detuvo porque uno de los de la mesa se fue al baño y la señora que se quejaba de la ansiedad y el apuro de la época actual empezó a despotricar contra la lentitud con que se movía la fila. “Ese señor recién entró y ya está votando, y nosotros hace más de una hora que estamos aquí”, se quejó en voz alta el que contaba las personas  y fue acompañado por varios más en su protesta.  Efectivamente así era, pero había un detalle: al señor – que además dado su estado general de deterioro despedía una fuerte olor a orina –  lo llevaban agarrado de una mano y se acompañaba por un bastón porque tenía grandes dificultades para movilizarse.  En un entorno donde la mayoría tienen dificultades, dada su edad, la reacción de los más sanos contra los más enfermos solo se puede explicar por la crispación generada por las largas e incómodas colas y horas de espera a la que son sometidos.

Pero al otro día seguramente algún diario publicó algo por el estilo:

 El pueblo se volcó masivamente y entusiastamente a las urnas dando una vez más un respaldo al sistema político, este paisito solidario que ha dado y sigue dando permanentemente ejemplo al mundo sobre participación, tolerancia y respeto vivió una vez más una jornada cívica ejemplar.

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  1. Salmón …muy bien escrito, en tu estilo, con enorme capacidad para decir lo que la mayoria pensamos y no somos capaces de ponerlo por escrito.

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  2. Es absurdo cuando dicen que el público se volcó masivamente a las urnas. La razón no es el espíritu democrático sino que las elecciones son obligatorias.
    Lo del voto consular lo comparto. El motivo son los votos, a nadie le importa las personas que están en el exterior. Sobre que los adultos mayores voten es lamentable también. Tendrían que para innovar los canales de tv poner un móvil en un circuito de adultos mayores y contar lo que pasa allí.
    Hace cinco años lo que el frente plebiscitaba no era el voto consular sino el voto por carta. Se daba una paradoja interesante, iba a ser más sencillo votar desde el exterior que desde adentro del país. Consideremos a alguien que vive en Montevideo pero tiene su credencial en Artigas, tiene que hacer un gran viaje para votar, mucho menor a quien vive afuera y vota por carta. Esto también deja en evidencia el anticuado sistema para votar. Con los avances de tecnología que ha habido seguimos votando igual que hace 40 años. Seguramente en cinco años siga todo igual con la diferencia que en el circuito al que vayas mientras estas con el whatsapp haciendo la cola, vas a tener a otros adultos mayores con una tablet usándola para matar el tiempo.

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  3. Jorge Pereyra

    Lugares comunes….el tema es reiterado por ti y …delirante para mi!
    Que podes decir o escribir de los medios (principalmente la tv) entrevistando a:
    1) ninios el 25/12 o el 6/1 acerca de que pidieron y que les dejo P. Noel o los RRMM?
    2) viajeros en 3 Cruces en Carnaval, Turismo o vac. de julio?
    3) turistas portenios ingresando por los puentes?
    4) dias del padre, madre, ninio, etc?
    5) preguntas obvias de periodistas y respuestas idem de futbolistas.
    Slds
    Jorge Pereyra
    Pd: no tengo “enie” ni tildes.

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  4. Una de las razones de que sea obligatorio el voto es impedir que el gobierno lo decidan unos pocos fanáticos, y que realmente se recoja lo que quiere la mayoría. Por lo que decís, reglamentaron la norma justamente la primera vez que tuvieron miedo de que ocurriera eso. Tenían miedo de que unos pocos votantes del Frente Amplio fueran a ganar y querían asegurarse de que quedara representado lo que quería la mayoría. En todo lo demás estoy de acuerdo.

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