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¿ES LA LIBERTAD LIBRE?

En la ciudad de Washington DC, en el memorial de los caídos en la guerra de Corea está escrita la frase: “Freedom is not free”, un juego de palabras con el significado doble de la palabra “free” (libre y gratis). Si bien dicha frase se refiere a los costos en vidas que significó para Estados Unidos la guerra de Corea,  la misma puede aplicar para el tema de hoy del blog, por más que éste no tenga nada que ver ni con la guerra, ni con Estados Unidos, ni con la pertinencia del monumento o la frase.

Pero la frase me viene a la mente cuando a veces se invoca la libertad individual para justificar la negligencia o la irresponsabilidad. Los uruguayos no tenemos muy claro cómo es el tema este de la seguridad y tendemos a despreciar todas las normas – que generalmente son estándares internacionales – respecto a la forma de cuidar nuestras vidas. No es solo exclusivo de nuestro país, aclaro, pero probablemente el hecho de que estemos ubicados en una zona relativamente segura en relación a los desastres naturales hace que tengamos esa sensación de “no pasa nada”, que se refleja en muchos de nuestros actos .

Un ejemplo típico es el del casco en las motos, ahora también extensivo a las bicicletas. De un tiempo a esta parte – y en la medida que la legislación ha ido avanzando en las exigencias – se han sucedido una serie de protestas contra el uso obligatorio del casco y los chalecos reflectivos, así como también se ha intentado organizar algún plebiscito para derogar dicha norma. Un caso típico es en la Ciudad de Melo, donde sólo un 3% de los motociclistas usan casco. Incluso el ciudadano José Fernández, hace unos años inició una campaña por la “no obligatoriedad del uso del casco en las motos” y obtuvo – según dice – 17.000 firmas en aquella ciudad. Las excusas que da la gente para no querer usar casco son de lo más variadas:  que son costosos, que dan calor, que son poco estéticos, que a las mujeres las despeina, que sacan visión periférica, o que no es justo que a los motociclistas se les exija casco mientras hay gente que maneja atendiendo el celular. http://www.elpais.com.uy/informacion/criticas-norma-que-obliga-cascos.html  . Y en la mayoría de los casos aparece la clásica referencia a la libertad individual: “que el que quiere usar casco lo use y el que no no. Cada uno se cuida como quiere.”  En algunos departamentos – Melo es el caso emblemático – las autoridades hacen la vista gorda y no controlan.

Tampoco a las personas les gusta que las obliguen a usar cinturón de seguridad. Ahí los argumentos son más difíciles de encontrarlos, pero basta subirse a un taxímetro y empezar a tantear en busca del adminículo. Normalmente están desajustados, no les funciona el tensor elástico y a veces es necesario hurgar en el hueco que está donde el asiento se une con el respaldo para encontrar la parte donde se engancha, a riesgo de que las manos se topen con cualquier cosa inmunda –generalmente pegajosa – , puesto que ya se sabe que los asientos de nuestros taxis no se caracterizan por su higiene. Si uno está sentado adelante, el taxista percibirá la maniobra y en el mejor de los casos le dirá: “no se preocupe, a nosotros no nos multan”.  Como si el riesgo de no ponerse el cinturón fuera la multa y no el darse un mal golpe en caso de un accidente. Y si uno persiste en el intento de ponérselo tendrá que vérselas con el malhumor del conductor que se sentirá poco menos que ofendido, porque pretender ponerse el cinturón lo toma como un insulto a su capacidad de manejar.  En la parte de atrás, normalmente, es aún más difícil colocárselo y el pasajero viajará todo el tiempo pensando en la posibilidad de que – ante un frenazo o maniobra brusca – se dé la cabeza contra la incómoda mampara. Les cuento, además, que el “no se preocupe, no nos multan” ante el cinturón roto también me lo dijo en una oportunidad el conductor de un transporte mecánico de auxilio…..de una compañía de seguros !!! Pero la desidia en este caso no sólo proviene de los taxistas, sino de los que a veces deberían estar en primera línea dando el ejemplo: el ex-presidente Mujica, en más de una oportunidad ha sido visto en su Fusca sin usar el cinturón, encabezando incluso una caravana política seguido por gente en moto sin casco.  http://www.elpais.com.uy/informacion/mujica-no-cinturon-simpatizantes-casco.html

Enlace permanente de imagen incrustadaOtros  de los argumentos  para “no cuidarse” vienen del lado del desprecio machista a tomar precauciones. Desde hace un tiempo viene circulando por todos lados – no solo en Uruguay – una especie de declaración titulada más o menos “Si eras niño en los 60 o los 70, como hiciste para sobrevivir”, una de las tantas apologías del atraso y del “en mis tiempos….” con el que normalmente los veteranos de todas las épocas han tratado de despreciar a las generaciones más jóvenes. Antes no había cinturones de seguridad, ni cascos, se tomaba agua de la manguera, los niños no iban a los sicólogos, los maestros les daban reglazos, nadie tenía dislexia ni depresión, etc. etc. “Y sin embargo sobrevivimos”” https://es-es.facebook.com/notes/verdad-conciencia/c%C3%B3mo-carajos-sobrevivimos-en-nuestra-infancia/396910053696133.  Dejando de lado que el mundo en algunas cosas (no en todas) puede que fuera más seguro hace 50 años, también es cierto que quienes escriben estos disparates son parte del grupo de los que sobrevivieron, ya que los que quedaron en el camino, obviamente no pueden contar su historia. Estos razonamientos son tan absurdos como decir nunca uso condón y no me agarré HIV, entonces se puede prescindir del molesto forro. Nadie dice que el que no cumpla las normas de seguridad se va a morir necesariamente.   Es obvio que los que la quedan por estos descuidos no son la mayoría. Pero ya se sabe, a los valientes del pueblo les gusta jugar a la ruleta rusa.

Esta actitud va unida a un desprecio hacia la autoridad, con la cual tenemos problemas para manejarnos. Especialmente en el tránsito este desprecio por el cuidado se transforma en solidaridad con las “víctimas” de los reglamentos: los inspectores de tránsito son siempre los malos.  Es de buen vecino avisarle a otros conductores cuando hay inspectores en la carretera, así vengan a 150 km por hora poniendo en riesgo no solo su vida sino la de los demás.

Es difícil que la gente acepte que cometió una infracción cuando lo sancionan. Siempre hay una excusa. Hasta el mesurado y equilibrado Senador Pablo Mieres se zarpó con un inspector que lo multó por conducir con exceso de velocidad:


Cuando hace unos años un inspector fue asesinado por un conductor iracundo que vio como le guinchaban su auto mal estacionado mucha gente lo justificó, y son frecuentes las palizas y agresiones a los inspectores de tránsito que – mal o bien – cumplen con el trabajo por el cual le pagan.  http://www.elobservador.com.uy/el-miedo-ser-inspector-n267604. Algunas personas un poco más civilizadas – generalmente intelectualizadas e imbuidas de algún ingenuo reflejo políticamente correcto – canalizan su desprecio a la normativa bajo la muletilla de “los inspectores no deben reprimir, antes que nada deben educar”. Dejando de lado situaciones de cambio de normativa, o de reglas difíciles ¿qué es lo que tienen que educar los inspectores? ¿no hay reglas de tránsito que son obvias y de sentido común? ¿tengo que educar a una persona para decirle que no puede cruzar cuando la luz del semáforo está roja o  que hay ciertas velocidades a las que no se puede conducir?, ¿ o que en una cebra tengo que dejar pasar a los peatones? ¿que en los lugares donde hay una E con una barrita atravesada no se debe estacionar?  “Señor….usted atropelló a una persona por manejar distraído mirando el celular.  No lo haga más porque eso está muy mal, puede atropellar a otro si lo vuelve a hacer. Siga, siga”. “Tome mi número de teléfono y cuando se le pase la borrachera me llama, así cuanto está sobrio le explico por qué es peligroso manejar después de tomar alcohol. Ahora vaya para su casa”.  Eso sí, cuando como consecuencia de una imprudencia  ocurre un accidente y muere alguien en seguida se pide la cabeza del culpable para lincharlo.    Y seguramente por más que se hagan campañas de educación si no le tocan el bolsillo a la gente – por lo menos al principio – las normas no funcionan.  Y no es que la educación no sea necesaria, entiéndase bien. Al contrario. Lo que es un error es – en estos casos – oponer educación a represión; son complementarias. Descansarse en que un ser educado cumplirá una norma solo porque se la explicaron bien suena un tanto ingenuo. Es cierto que también las autoridades no ayudan mucho, a veces los inspectores tienen conductas realmente prepotentes y  hay reglas que de tan poco que se controlan uno no sabe si están en vigencia o no. Tal es el caso, por ejemplo, de las sendas “solo bus”, violadas sistemática e impunemente por los conductores, u otras normas  que muchas veces se incumplen delante de la mirada impasible de los inspectores, que ya sabemos que a veces están programados unilateralmente: cuando salen a fiscalizar la patente un auto puede venir por la vereda que no sancionan al conductor. 1/. Y también es cierto que la permisividad muchas veces es una especie de “cama” para maximizar la recaudación. Los inspectores hacen la vista gorda, dejan que la gente transgreda y cuando llega la orden de recaudar empiezan a multar a quienes ellos mismos consintieron la transgresión. En otras palabras, los agarran “gorditos”.

Complementario al tema de la educación es el argumento: “esto no va con nuestra mentalidad, sirve para los países desarrollados, pero aquí va a llevar mucho tiempo que la gente tome conciencia”. Otra falacia. Para ver cómo la gente aprende rápidamente no hay más que mirar el ejemplo de cuando se prohibió fumar en espacios cerrados. Más allá de las protestas de los fumadores y de los dueños de los bares al principio, el acatamiento fue unánime e inmediato. Pero además las conductas se hicieron extensivas a lugares donde la amenaza de la multa no llegaba. A partir de la prohibición, los fumadores se hicieron más respetuosos con la limpieza del aire y aún en el ámbito privado comenzaron a salir al balcón o a la puerta o a pedirle permiso al dueño de casa para encender un cigarrillo.  También cambió radicalmente la conducta de la gente al ir a fiestas o reuniones donde se toma alcohol desde que se hicieron efectivos los controles de alcoholemia. Es que ahí el garrote es grande, lo suficiente como para que los conductores adquieran rápidamente la mentalidad y la conciencia propia de los países desarrollados.

Cada vez que se pretende implantar una nueva regulación tendiente a buscar reducir conductas de riesgo aparece la referencia a la libertad individual. Muchas personas se dicen dueñas de sí mismas y no aceptan que las normas se las impongan otros. “Es mi vida y la cuido como quiero”, “Si me quiero matar es cosa mía”. “Somos personas grandes”. “Que le importa a los demás si me mato por no usar cinturón o casco”. Y si bien es cierto, en principio,  que el cuidado de uno mismo es antes que nada una opción y potestad individual, el argumento es erróneo desde varios puntos de vista.  Pensemos la  siguiente situación:  un auto se desplaza a determinada velocidad, choca y el conductor, por no usar cinturón de seguridad, sale despedido de su asiento, se da contra el vidrio, lo rompe y comienza a sangrar profusamente.  La hipótesis del que dice “es cosa mía” vale si y solo si las personas que se acercan al lugar del accidente lo hacen simplemente en calidad de curiosos y  dejan al accidentado desangrarse en el lugar hasta que muere.  Sin embargo, normalmente las personas no actúan así. Siempre existe un mínimo de solidaridad y esa solidaridad implicará un costo, molestia o trabajo para alguien. Alguna persona intentará auxiliarlo o llamará a la ambulancia. La ambulancia lo recogerá, independientemente de si la persona llevaba o no cinturón de seguridad en el momento del accidente y lo depositarán en el sanatorio más cercano, donde los médicos intentarán curarlo. El accidentado ocupará una cama del sanatorio y tiempo de los médicos y de la ambulancia que podrían destinarlo a otras personas. Y supongamos que el golpe, además, le ocasiona heridas tales que la persona tiene que estar un buen tiempo internado o recibiendo algún tipo de tratamiento de recuperación a costo de quienes pagan las cuotas de la mutualista o los impuestos. Nadie discriminará en la atención de los accidentados contra quienes no llevaban cinturón de seguridad o casco en el lugar del accidente. Los que cuidan su vida y los que no “porque es una opción de libertad individual” tendrán – como es lógico- el mismo tratamiento asistencial. Solo que los descuidados le hacen pagar el costo de sus acciones a los demás. Para que una acción de descuido personal sea una simple opción de la persona sin consecuencias para el resto debería existir un tipo de pacto por el cual quienes no usan cinturón o casco no tengan derecho a ser atendidos, lo cual, obviamente, choca contra los sistemas de valores de cualquier sociedad medianamente civilizada. No vale decir: “es cosa mía si me quiero matar” y después pretender que le salven la vida o lo curen. Pero aún en el caso en que ese pacto se hiciera tampoco las acciones de las personas serían inocuas para los demás. Pensemos nuevamente en el ejemplo del señor que se revienta contra el parabrisas: alguien tendrá que sacar su cadáver sanguinoliento de la calle una vez que haya terminado de desangrarse, alguien tendrá que limpiar la sangre, el tránsito se habrá detenido, algunas personas sufrirán reacciones desagradables al ver tirada en el piso una cabeza reventada como si fuera una sandía que se cayó de un camión,  etc. etc.    Y conste que en esta enumeración de hechos no estoy contando los perjuicios que la imprudencia puede generar en la familia del accidentado.

Por supuesto, en este punto alguien podría argumentar con toda lógica que hay una gran cantidad de actividades humanas que entrañan riesgo para la vida o salud y que no son penalizadas: comer comida chatarra, no lavarse las manos después de ir al baño, tener sexo sin protección, comer dulces si se es diabético o alimentos salados si se es hipertenso, bañarse mientras se hace la digestión o comer sandía con vino, tal como dice una vieja leyenda urbana.

Al respecto los siguientes comentarios.

En primer lugar toda legislación tiene que cuidar de mantener un adecuado equilibrio entre las cosas que intenta proteger. Las normas de obligatoriedad del casco o del cinturón de seguridad  no se entrometen en la intimidad del individuo, ya que  manejar o andar en bicicleta y moto son acciones públicas. En ese sentido la protección a la intimidad es un valor fundamental.

En segundo lugar algunas actividades que intentan “cuidar” a las personas no las prohíben, solo tratan de ser disuasivas y, en todo caso, lo que buscan es que los individuos se hagan cargo de los eventuales costos que generan por sus conductas. Así, operan, por ejemplo, los impuestos al tabaco, y – en principio – no habría ningún problema de hacerlo extensivo a la comida chatarra. Y de hecho, hasta podríamos pensar en un sistema en el cual las personas pagaran una patente por su derecho a no usar casco y cinturón de seguridad. Esto, siempre y cuando pensáramos que las consecuencias no medibles económicamente del no uso de estos artefactos, como por ejemplo los daños sicológicos a terceros que ven la escena o participan del accidente, no son muy importantes. Seguramente – y dejando de lado este último aspecto – el sistema funcionaría en forma  eficaz. El que no quiere usar casco no lo usa y su libertad individual queda a salvo, pero paga por el derecho de hacerlo, una especie de seguro contra los daños de no hacerlo, a efectos de financiar los eventuales daños del descuido.

Y por último, y más importante, un tema de sentido común, con características de orden práctico y de preservación de principios superiores, (como la intimidad, por ejemplo). El estado no puede – ni debe – meterse a regular todo, menos aún las acciones que son íntimas. Imaginemos, por ejemplo que en los baños públicos se instalan cámaras donde se vigila que los individuos luego de concurrir a efectuar sus necesidades se laven las manos, de forma que los infractores sean detenidos y multados.  O en los telos, a los efectos de verificar el uso del condón. Sería insoportable vivir de esta manera, y  por otra parte existirían mil formas de eludir los controles.  El estado debe cuidar lo que puede y como puede y sin violentar otros valores más importantes, no le pidamos milagros ni esperemos todo de él. Decir que no debe controlar – por ejemplo – que la gente no se ponga el cinturón de seguridad porque hay otras conductas iguales de perjudiciales que no se controlan (como comer comida chatarra)  es tan absurdo como cruzar una calle sin mirar si vienen autos, usando el argumento de para qué tomar esa precaución si hay otros riesgos que no puedo controlar como, por ejemplo, que un auto se suba a la vereda y me mate o que se caiga una maceta de un balcón y justo me de a mí. Se trata, en lo posible,  de reducir los riesgos, no de eliminarlos a todo precio.

Hechos estos comentarios una precisión nada menor. Seguramente sea posible encontrar explicaciones  de por qué la gente reacciona frente a las regulaciones que intentan preservar su seguridad, invocando la libertad individual. Es que es habitual,  que los controladores manejen mal estas situaciones. Ya hemos hablado unas líneas antes  de la habitual prepotencia de los encargados de hacer cumplir los reglamentos,  Además, detrás de cualquier intento bien intencionado de regular conductas riesgosas están los retrógrados de siempre que se suben al carro simplemente para reprimir, con lo cual todo se confunde. Es natural, en ese contexto, que la gente reaccione contra quienes quieren imponer sus normas reivindicando su libertad individual porque el espíritu puramente represivo o moralizante prima frente a la racionalidad preventiva. Un claro caso es el tema del sida. Con la aparición de la enfermedad muchos represores se frotaron las manos. La Iglesia Católica tenía a su disposición un inesperado aliado en su cruzada contra las “perversiones” del mundo moderno: las relaciones sexuales libres, la homosexualidad, el libertinaje, la droga. Desde las pestes que arrasaban poblaciones en la Edad Media y permitían a la Iglesia descargar su ira contra sus enemigos – considerándoles los enviados del demonio que causaban esas calamidades –  que no había tenido una oportunidad igual. Y efectivamente no la desaprovechó. Y así se convirtió en uno de los principales obstáculos contra el combate a la enfermedad al hacer campaña contra la forma más efectiva de prevenir que se conoce hasta ahora, el uso del preservativo, proponiendo, en cambio soluciones ingenuas que apuntaban a sostener sus valores morales conservadores: la pareja estable y heterosexual o la abstinencia.  Afortunadamente el efecto fue el opuesto, ya que como la enfermedad era tan terrible no había más remedio que tratar el tema de frente.  Probablemente nunca antes se haya hablado tanto de sexo en familia y a nivel público, generándose esa sensación entre los jóvenes de que hacer “eso” después de todo no era tan malo, porque todos lo hacían. Sin duda, paradójicamente, la aparición del sida debe haber servido como un empujoncito adicional para la liberación de las costumbres sexuales que nuestra sociedad comenzó a vivir en el período post-dictadura. Este mismo avance represivo ocurre en cualquier campaña contra aquellas cosas que generan placer, pero que pueden generar, por su abuso, efectos nocivos.  La moralina represiva siempre aparece a caballo de las buenas intenciones.  Y ni qué hablar si los principales destinatarios son los jóvenes.

Para finalizar. Hablando de estos temas un compañero me comenta una paradoja. ¿Por qué a la gente que viaja en auto se le exige airbag, cinturón de seguridad, que los niños no puedan ir adelante y tengan que ir en silla, etc (todo lo cual es razonable), mientras que está permitido que la gente viaje en moto, lo cual de por sí lleva implícito un enorme riesgo? Y de hecho la frecuencia con la que ocurren accidentes mortales de moto es un indicio de ello. Sinceramente no tengo respuesta para esta paradoja. Mi compañero dice que las motos no deberían existir. Un punto interesante para reflexionar. Ciertamente no sé qué pensar al respecto.

________________

1/.  Los inspectores a veces me hacen acordar a Ultra, un personaje de la Legión de Superhéroes, que era tan poderoso como Superman, pero solo podía utilizar un poder a la vez.  Si usaba su superfuerza no podía volar, por ejemplo. Los inspectores cuando controlan la patente parece que no pueden controlar a los que van a exceso de velocidad.

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  1. Buenísimo: 1,7 fallecidos por día en accidentes de tránsito, de los cuales el 54% son motos, según cifras +/-. Si bien en Uruguay somos unos 3.5 m. y que se nos mueran casi 2 personas por día, (y que gran parte está en edades productivas, nos debería generar una alarma importante, ya que somos un país con alarma de envejecimiento del envejecimiento para el 2030), hablemos de los 15.600 lesionados, es decir; los que quedan vivos… Usted estime a un chico que no realiza ningún tipo de aportes, y que por realizar carreras clandestinas (un clásico del interior del país), ese chico sufre una colisión frontal, con fractura de fémur bilateral, pérdida de conocimiento, y escoriaciones varias. Para realizar la reparación de esos huesos rotos, seguramente va a ser requeridas varias intervenciones quirúrgicas. Para que usted tenga una idea, entre estudios, cirugía e internación en un CTI un par de días más fisioterapia para recuperación, este individuo le puede costar al sistema de salud uruguayo, entre 50 y 100 mil dolares. Una cantidad de dinero, que probablemente este individuo, no aporte en toda su vida productiva, sin sumar ninguna otra dolencia… Como repercuten estas libertades en el sistema de salud? Bueno, se lo explico fácilmente: el abuelo que pago toda su vida, ahora tiene que esperar 20 días para que un cardiologo lo vea 5 minutos, la medicina preventiva es inexistente, una reserva de un block quirúrgico es un caos en las instituciones públicas y privadas, sobre todo los fines de mes, etc, etc. Pero más allá de eso, representa el 6% del PBI destinado a reparar accidentes, en vez de prevenirlos. Las mutualistas, literalmente han zafado por que se le puede meter mano nada más y nada menos que a la friolera suma de 1.200.000.000.de pesos de rentas generales… Evidentemente, con semejante cantidad de accidentes y semejantes costos, las libertades que muchos se toman, están dejando a un país esclavo del endeudamiento y la falta de desarrollo. Por último, siempre que se habla de seguridad se habla de cascos, cinturones, etc. Estos elementos no previenen accidentes; previenen lesiones o las minimizan en el mejor de los casos, pero la seguridad es un valor, y esta la hacen las personas con sus comportamientos y su cultura. Y tiene usted razón en decir que ya no hay nada que enseñar, lo que hace falta es generar conciencia y para ello hablar de las consecuencias ocultas detrás de los accidentes es fundamental, y por sobre todas las cosas, todos estamos mortalmente expuestos a las libertades que los otros se quieran tomar…

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    • Remente sus números son apabullantes y complementan lo que yo habìa expuesto en un plano más genérico. Le agradezco su aporte.

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    • Hola Gonzalo.
      Completamente de acuerdo con el desarrollo de tu comentario. Estoy convencido que la irresponsabilidad individual es la madre de mucho de los atropellos a nuestras libertades. Se enarbola la pancarta del libertinaje, del “hacé la tuya” de Fido dido y su 7up , del ” Sr. inspector …como podríamos arreglar ésto”, de la salida de los viernes de tarde de la jauría de autos abalanzándose sobre los accesos al centro., del sacar la libreta con un político amigo en alguna intendencia del interior . Todo eso me lleva a la conclusión que los “camaradas” (que paradoja!) tenían razón cuando aseveraban “que el hombre es el lobo del hombre”, más aún cuando todos sabemos que a la mayoría de esos animales les cuesta aprender a manejar.
      No voy a caer en el “facilismo” de parafrasear a Schopenhauer y decir que “La libertad no existe”, para regodeo de algunos psicólogos conductistas del Mides que arreglan todo en 4 sesiones de terapia para la clase media o 400 tickets alimentación para la indigencia. La voluntad de elegir, lo que todos sabemos que es correcto, está enrabada al amor, a la disciplina o a la coercion, mezclada en distintos grados, según el ambiente en que hayamos crecido. El estado debe encargarse de administrar, con el justo rigor, las normas que nos garantizan la convivencia. Guay! del gobierno que “camaleonicamente” se doblegue y acomode su perfil cual juncal en la correntada electoral.
      Pero Papá Big Brother tiene sus límites, al Cesar lo que es del Cesar y a la familia todo lo que el instinto gregario y milenario le compete.
      Una vez, con 6 años de edad, en un almacén de ramos generales no hice caso y me subí sobre unas bolsas de fertilizante. Me caí y lastimé la cabeza, mi padre me ató sobre el raspón un pañuelo que llevaba al cuello. Seguidamente me alcanzó una escoba y se sentó a esperar la hora que me llevó limpiar el polvillo que se había desperdigado por todo el local. Seguramente esa actitud hoy sería tachada de abuso parental. A mi me aleccionó y me enseñó que todo acto irresponsable sobre lo ajeno (llámese objetos o derechos) tiene una consecuencia sobre alguien.
      Con referencia a lo que planteaba el amigo Salmón, comparto su crítica a la actitud fundamentalista de la Iglesia Católica (entre otras tantas colectividades) sobre el uso del preservativo, no se pueden ignorar obvias premisas de salubridad. En relación a los otros items, eso ya queda dentro de los legítimos entenderes de cualquier grupo, que en base a sus concepciones filosóficas tienen derecho a considerar “fuera de género” las costumbres que otros, en su libre albedrío o irrefrenable impulso, adoptan como positivas.
      Bueno siempre termino pensando en la seducción de lo prohibido, que arrastra al hombre en busca del gozoso paroxismo de la infracción, ese ataque a la lógica del giro del tambor de una 45 en la ruleta rusa.
      Recuerdo una frase nihilista de Mair Lawteas en su “Apología de Omar Freire” : “Nunca pienses en lo que puedes hacer por tu sociedad, sino en lo que ella puede hacer por ti”.

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  2. Con todo respeto, Salmón: su compañero parece ser bastante extremista…

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  3. No vamos a desconocer la importancia de la libertad. Sin embargo, la libertad individual no es un fin (aunque sea innegociable). La libertad tiene sentido, solamente si tiene UN sentido. Y no es un juego de palabras, una libertad sin un norte nos deja en el absurdo (si no me equivoco, por ese lado andaba Sartre cuando dijo que éramos una pasión inútil). La libertad tiene que estar al servicio de valores superiores (el amor, la fe, la ideología o como quiera llamársele). No creo que nos dignifique poner nuestra libertad al servicio del hedonismo, la comodidad o el egocentrismo.

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    • Estimado. Le agradezco su comentario aunque tengo alguna discrepancia. El ùnico límite a la libertad individual es el que marca esa gastada frase y lugar común, pero que no por ello deja de ser cierto de que “la libertad de cada uno termina donde empieza la de los demás”. Después de ello cada uno puede hacer con su libertad lo que quiere. Obviamente que es mejor usar “bien” la libertad que usarla “mal” . Pero eso es potestad de cada uno. Nadie puede imponerle a otro formas mejores de usar la libertad. . Fuera de la invasión de la libertad ajena o los perjuicios a los demás cada uno debe ser libre de usar su libertad como quiera. Algunos la usarán en defender una ideología, otros en ayudar a los demás, otros en mirar a Tinelli y otros en dormir la siesta. En la defensa de valores como la fe o la ideología muchas sociedades han eliminado la libertad de los individuos. Más aún, le diría que los más atroces atentados a la libertad han sido hechos en nombre de la fe y la ideología.

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      • Mas que esa máxima, me gusta la de S. Agustín: “ama y haz lo que quieras”. Creo que está más en sintonía con lo que quiero o quise decir, El amor es un buen norte para usar la libertad (por lo menos es al que yo trato de adherir).

        El problema que yo veo es que quien en uso de su libre albedrío se echa –por ejemplo– al abandono, priva a los demás de su servicio y su amor. Las decisiones personales nunca son neutras a los demás (su artículo hace buenas apreciaciones en este sentido). Y no se trata tampoco de alentar una cruzada contra los que hacen “mal uso de su libertad”… porque también este juicio es o puede ser esencialmente equivocado.

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      • Ahora me queda más clara su idea.

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