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LA SELECCIÓN URUGUAYA Y LOS RECUERDOS (segunda parte)

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Esta es la segunda parte de la entrega donde relato mis recuerdos de los partidos de la Selección uruguaya por las copas del mundo, tomando una idea de Leonardo Haberkorn de su blog “El informante”

http://leonardohaberkorn.blogspot.com.uy/2010/11/cuarenta-anos-en-el-desierto-celeste.html

1978-1982: El opio de los pueblos

La eliminatoria para 1978 parecía fácil.  Si bien  luego del fracaso del 74 nadie se hacía demasiadas ilusiones, Venezuela y Bolivia eran los dos equipos más flojos de Sudamérica y por aquella época no se concebía la posibilidad de que Uruguay no clasificara a un Mundial, y menos a uno que se jugara en Argentina. Además, el equipo tenía algunos buenos jugadores: Rodolfo Rodríguez, Morena, Carrasco, Darío Pereira. Y el técnico era Hohberg, el mismo que  había sido dos veces cuarto en un mundial, la primera como jugador en el 54, la segunda como  técnico en el 70.

El primer partido de la eliminatoria, en marzo de 1977,  fue contra Venezuela, en Caracas. Ya no estaba mi padre para acompañarme, y por primera vez un encuentro de una eliminatoria jugado en otro país se televisaría en directo y por todos los canales.  Antes del partido, un funcionario militar (o civil, no recuerdo) del régimen dictatorial y un periodista deportivo improvisaron lo que pretendía ser una “previa”. El funcionario habló del esfuerzo que se había hecho para poder televisar el partido y de la recuperación que estaba teniendo la selección uruguaya, que era un reflejo de la recuperación del país, palabras que resonarían en forma irónica, luego  que el partido terminara en un bochornoso empate . El partido comenzó en forma normal, con un gol de Uruguay a los 5 minutos y la expectativa de la clásica goleada que siempre era dable esperar en un partido contra Venezuela en aquella época. Al poco rato se cortó el audio de la trasmisión, cosa que no era de extrañar dada la precariedad de los medios con que se contaba en aquel entonces, y vimos todo el anodino primer tiempo sin sonido. Pero la “falla técnica” se agravó y en el segundo tiempo la trasmisión no salió al aire. “Nuestros técnicos están tratando de restablecer la trasmisión” repetía cada tanto el periodista deportivo mientras la gente aguardaba frente al televisor, con la radio prendida, que la tradicional y machacona marchita que ponían de espera diera paso a las imágenes que queríamos ver. Pero la trasmisión nunca se retomó y tampoco salieron el funcionario y el periodista a comentar el bochornoso resultado del partido, un empate 1 a 1. Después nos enteraríamos lo que había pasado: al estadio fueron un gran número de uruguayos exiliados en Caracas, que cuando se enteraron que el partido  era televisado en directo comenzaron a gritar consignas contra la dictadura. Y luego desplegaron carteles alusivos. La “falla técnica”, en realidad, había sido una bajada de palanca de los militares para que no oyéramos las consignas primero y no viéramos los carteles después.  Luego de este partido la gente andaba indignada por el circo de los militares, por la mala performance de la selección y por la manipulación que hicieron. A muchos nos cayó una ficha. No puedo decir en qué momento exacto fue, si fue antes o después del partido que luego perdiéramos en La Paz con Bolivia (que ya no nos dejaba “dependiendo de nosotros mismos”); lo cierto es que tengo un recuerdo de una tarde  de estudio con un compañero, en la cual festejamos,  radio mediante, el resultado del segundo triunfo de Bolivia sobre Venezuela que nos dejaba afuera del Mundial, aunque todavía nos quedaban dos inútiles partidos por jugar como locales.   Sí, a partir de algún momento había pasado conscientemente a desinteresarme del fútbol, especialmente de la Selección Nacional, más aún a desear su fracaso. Es que había otras cosas más importantes de qué preocuparse, la gente desaparecía o la llevaban presa y el fútbol de la selección, pasaba a verse como un instrumento de la dictadura. 1/  Seguramente en aquella postura que muchos adoptamos influyera también la pobreza de nuestro seleccionado; era fácil despreciarlo y dejarlo de lado “porque había otras cosas más importantes”, cuando no nos daba ninguna satisfacción deportiva, sino una frustración tras otra.  El rechazo provenía más de una racional postura “militante” que de una convicción que naciera espontáneamente. En mi entorno estaba muy mal visto hacerle el juego al mundial de Videla, pero como el futbol es algo que se lleva bien adentro, yo no podía evitar, de todas maneras, mirar de reojo algunos  partidos de aquel bochornoso mundial de 1978.   Sólo recuerdo dos partidos: el de Argentina – Perú que escuché por radio mientras estudiaba,  pensando ingenuamente en cómo iba a gozar que Argentina quedara afuera, ya que a priori era imposible que les hiciera los seis goles que necesitaba para clasificar, y el de la final, que miré de a ratos mientras preparaba un examen en la casa de quien luego sería mi primera esposa, con la vana ilusión de que Holanda se llevara aquella copa. Que ganara Argentina era doblemente bochornoso: porque seguía imbuido de antiporteñismo,   y además, porque era el triunfo de la dictadura.

La farsa del Mundialito del 80 la ignoré olímpicamente, y esa vez sí que me salió del alma. Me daba rabia la gente que se entusiasmaba con aquella farsa armada por los militares. Apenas si recuerdo unos comentarios chovinistas y despreciativos del relator Heber Pinto dando manija contra los argentinos, especialmente contra Maradona. También se armó un gran debate en la izquierda, porque CX30 La Radio, la única radio de izquierda de entonces, había retrasmitido la final con el relato de Víctor Hugo Morales. Tuvo que salir el Director de La Radio José Germán Araújo a justificar que el fútbol era algo popular y que ellos no podían estar al margen del festejo de las masas. Afortunadamente casi nadie se acuerda de aquel campeonato y a nadie se le ocurre reivindicarlo como una de nuestras glorias.

https://curiosidadesdelfutbol.wordpress.com/2012/04/30/mundialito-de-uruguay-1980-38-2/

Buscando en internet encontré este video, y hoy, luego de 35 años me sigue generando la misma repulsión la voz exitista y fuera de la realidad de Víctor Hugo Morales, sumado al circo de los militares, por más que muchos de los jugadores intenten “justificarse” con la excusa de que le querían “dar una alegría al pueblo en el momento difícil que se vivía”. No les podemos exigir a los jugadores que no jugaran o trataran de ganar, era su trabajo y como tantos uruguayos en aquella época tenían que agachar la cabeza y seguir haciendo lo que hacían.  Pero no vengan con esas historias de que lo de ellos estaba motivado por los oscuros momentos que se vivían. Seguramente muchos de ellos ni enterados estaban de las cosas que pasaban en el país. Y lo del relator da vergüenza ajena.  Muy interesante lo que dice un joven Maradona, para aquilatar como aquel mundillito, además, sirvió para potenciar nuestro antiargentinismo.

También ignoré la eliminatoria del 81. Estaba totalmente peleado con el fútbol y la selección. No me acuerdo de nada de aquellos partidos y fui indiferente a aquella nueva eliminación de Uruguay.  Mi entusiasmo por el fútbol recién volvería tibiamente durante ese mundial celebrado en España. Alguien llevó una televisión al laburo y pude seguir algunas de las incidencias del torneo, como un simple espectador, sin la presión del sufrimiento del hincha. Fue el retorno de Italia a un título mundial luego de más de 40 años de sequía. Si Italia había vuelto a ser campeón luego de haber ido de fracaso en fracaso (después de haber sido campeón en 1938 nunca pasó de la primera fase, excepto en el 70 que fue vice campeón y en el 78 que quedó cuarto) tal vez también fuera posible en el futuro para Uruguay un resurgir similar. Pero eso era algo que en ese momento estaba prohibido desear.

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1/ Unas pocas semanas después mi compañero tuvo que salir disparado y logró asilarse en España, ya que le avisaron que los militares lo estaban buscando.

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1986: El regreso

El Mundial de 1986 fue otra cosa. Luego de muchos años de espera, habíamos vuelto a clasificar, había buenos jugadores y la gente se empezó a entusiasmar. Además, había vuelto la democracia y ya podíamos dejarnos de pavadas, y desvincular fútbol y política. Ya no era mal visto seguir a la Selección, y hasta algunos intelectuales de izquierda, como Galeano – hincha del fútbol de toda la vida – se sumaban en forma entusiasta a la fiesta.  Yo ya tenía dos hijos y un tercero en camino, y, dependiendo del horario, algunos partidos los vi en familia y otros en mi trabajo.

Nunca hasta ese entonces, la participación de Uruguay en un Mundial había generado tanta expectativa. No había lugar de trabajo en que no se hubiera instalado un televisor y todo el país se detenía para ver los partidos de la celeste. Había optimismo, no sólo porque el país había vuelto a clasificar luego de mucho tiempo y había buenos jugadores –nuevamente se hablaba que era el mejor equipo desde 1954 – sino porque la Selección – conducida por el patético Profesor Omar Bienvenido Borrás – había tenido algunos logros, como la copa América de 1983 – aquella del infame partido contra Venezuela en que fracturaron a Fernando Morena – y algún otro campeonato menor.  Borrás fue, tal vez, la última herencia de la dictadura, ya que fueron los militares quienes lo designaron y como alcanzó todos esos éxitos señalados, nadie se animó a sacarlo, por más que todo el mundo lo cuestionaba. Además que se hacía llamar profesor, (nadie sabe bien por qué), y hacía el ridículo en sus declaraciones, tenía fama de tener mucha suerte;  el pasaje de Uruguay a las semifinales de la copa América 1983 se concretó luego de que Venezuela le sacara un punto a Chile en la serie, algo que en aquella época era poco menos que imposible; la clasificación al Mundial tuvo la ayuda de aquel famoso “limonazo” de Venancio Ramos, ya aludido en otro post de este mismo blog.

El campeonato empezó de manera auspiciosa para Uruguay. Un empate contra Alemania que pudo haber sido triunfo. Empezó a los 4 minutos con un error de un defensa alemán en un pase para atrás. La pelota la tomó Alzamendi que enfiló solo para el arco y en una definición que pareció eterna – parecía que lo erraba – hizo el gol. Luego, a defenderse y contraatacar con el clásico juego fuerte –a veces desleal – característico de Uruguay, aunque los alemanes no fueron menos. Pero igual Uruguay tuvo alguna chance de gol, como la que tuvo  Francescoli y señala Haberkorn en su crónica. La recuerdo de la misma manera que él: Enzo solo frente al arco y la transmisión de la televisión que se corta. La estábamos mirando en el trabajo, en blanco y negro, y en mis recuerdos (que pueden traicionarme luego de tanto tiempo) también se había cortado la trasmisión radial. Todos estábamos seguros que había sido gol, pero cuando volvió la imagen fue la gran decepción. Al final, como era lógico luego de tanto machacar, Alemania nos empata.

Luego llegaría el bochornoso partido contra Dinamarca, que vi en mi casa . Una goleada por 6 a 1 y un baile inolvidable, comparable con el que nos diera Holanda doce años atrás, solo que esta vez los daneses, fueron implacables al momento de definir. Y por supuesto,  toda la ira de la gente contra Borrás.  Es que en ese equipo había presencias y ausencias injustificables. Entre las primeras la del defensa Eduardo Acevedo que no marcaba a nadie. (en realidad en ese partido toda la defensa estuvo estática) Entre las segundas la de dos grandes jugadores: Darío Pereira (que finalmente ingresaría en los dos últimos partidos en sustitución de jugadores expulsados) y Ruben Paz, inexplicablemente relegados al banco de suplentes. Recuerdo  a mi hijo mayor, que con cinco años trataba de entender lo que su madre intentaba explicarle: que Uruguay había sido vapuleado 6 a 1.

 

Después vino el partido contra Escocia que vi, también en el trabajo, en un televisor color y pantalla gigante. A alguien se le había ocurrido comprar el tal aparato, lo había ubicado en una sala lo suficientemente amplia – creo que era un depósito – y cobraba entrada a los que querían ver el partido como forma de financiar la adquisición. Al final, el televisor fue sorteado entre los concurrentes. Demás está decir que yo no lo gané. Aquella sala era un hervidero de gritos, como si estuviéramos en el estadio mismo. Fue un partido de mucho sufrimiento, Uruguay de entrada se quedó con diez (de nuevo la fábula de que la  fifa se complotaba contra nosotros) y aguantó el 0 a 0 que lo clasificaba como uno de los 4 mejores terceros de las 6 series.

El partido de octavos de final fue contra Argentina y lo vi en mi casa. Ese partido confirmó las razones de la ira contra Borrás. El único gol argentino fue por un rechazo fallido del resistido Eduardo Acevedo que prácticamente le hizo un pase al delantero argentino Pasculli y lo dejó solo frente al arco. Y por otra parte los momentos más peligrosos para Uruguay fueron en la última media hora cuando Borrás se decidió, por fin, a hacer entrar a Ruben Paz. Pero ya era tarde, y si bien podríamos haber empatado ese partido, es cierto que también Argentina erró varios goles.

Con Uruguay afuera, y por el encanto del juego de Maradona rompí el tabú de muchos años y dejé definitivamente mi antiporteñismo.  Esta vez disfruté que lograran el título.

1990: de la mano del maestro Tabárez

De nuevo en 1990 teníamos el mejor equipo desde aquel legendario de 1954. A la generación de 1986 se le sumaban ahora Ruben Sosa, Perdomo, Bengoechea, De León,  y en la dirección técnica habíamos cambiado un profesor por un maestro: Borrás por el promisorio Tabárez, quien había sacado campeón a Peñarol en la Libertadores de 1987 y clasificado a Uruguay en la eliminatoria (gran actuación de Ruben Sosa mediante). Por otra parte, en aquel mundial no parecía haber grandes equipos, por lo que había lugar para la esperanza.

El primer partido contra España fue auspicioso. Realmente Uruguay lo pasó por arriba; nunca antes había visto en un partido de un mundial a Uruguay jugar tan bien. Pero la pelota no entraba, hasta que llegó aquel penal que erró Ruben Sosa y el equipo se pinchó y terminamos 0 a 0.

El partido contra Bélgica fue el siguiente, y ahora era mi hijo mayor al que le tocaba ver un mundial con hepatitis. Recuerdo que lo vi en su cuarto con él.  De ese partido tengo el recuerdo de ver a Francéscoli varias veces eludiendo uno, dos, tres belgas hasta que lo terminaban derribando y a Nelson Gutiérrez agarrando desde atrás por la nuez a un rival, en un momento en que la cámara lo enfocaba, una imagen que recorrió el mundo para nuestro bochorno, alimentando la justa leyenda de nuestro juego sucio.  A poco de comenzar el segundo tiempo perdíamos 3 a 0 y el fantasma de Dinamarca volvía a sobrevolar. Recuerdo que ese tercer gol no se llegó a ver en directo,  ya que la transmisión del segundo tiempo arrancó unos minutos después. Afortunadamente Uruguay pudo hacer un gol (Bengoechea) y evitamos lo que parecía una nueva humillación.

La clasificación se jugaba contra Corea del Sur y aquél fue un encuentro irreal. Uruguay era netamente superior, pero la pelota parecía que no quería entrar: pegaba en los palos, salía  por poco, la sacaba alguien. El partido lo vi en un televisor chiquito blanco y negro con mis compañeros de trabajo, en un lugar donde había mucha interferencia y cada vez que alguien cambiaba de posición se jodía la imagen. De la desesperación inicial porque el tiempo se iba sin que hiciéramos un gol pasamos a las risas: aquello no podía estar pasando, era totalmente absurdo, y  cuando Fonseca, en el último minuto de juego hizo el gol que nos clasificó – el primer triunfo de Uruguay en un Mundial en 20 años – en lugar de festejarlo nos unimos todos en una absurda carcajada.

También con mis compañeros pero en un tv más grande y a color vi el partido por octavos de final contra Italia. El primer tiempo Uruguay lo aguantó bien – solo  se limitó a defender, claro – y me acuerdo el comentario de un compañero sobre la inclusión de Pintos Saldanha en el equipo titular: “ por fin puso uno con hambre”. Pero en el segundo tiempo Italia hizo dos goles y Uruguay fue anodino, casi no pasó de la mitad de la cancha. Parecían conformes con perder 2 a 0. Recuerdo que hubo una jugada, incluso, en que un   uruguayo, creo que fue  Ruben Sosa, quedó solo o en buena posición frente al golero y casi como que le entregó la pelota.  Las suspicacias después del partido estuvieron a la orden del día. Había un gran número de jugadores que jugaban en equipos italianos y otros que luego fueron transferidos luego a ese país, y la sospecha de que “ningún perro muerde la mano del amo que le da de comer” sobrevolaba el ambiente.  El propio Tabárez, unos años después, terminó dirigiendo en Italia, y el hecho de que el contratista Paco Casal estuviera presente en la concentración de Uruguay todo el tiempo e incluso junto al banco de suplentes alentó la idea de que aquellos jugadores no habían dado todo lo que podían.

Y, olvidándonos de Uruguay, en aquel mundial también me impresionó Maradona. Sin el brillo técnico del mundial de 1986 terminó por demostrar su clase poniéndose el equipo al hombro con una pierna totalmente destrozada. Debo haber sido de los pocos que gritó el gol – pase suyo a Caniggia – por el cual Argentina dejó afuera a Brasil. Y marcó el contraste con los nuestros en el partido contra Italia: no solo eliminó al país en que jugaba sino que contestó con una soberana puteada cuando el público abucheó el himno argentino.  Para muchos pagó todo esto con que saliera a luz todo su asunto con la droga que dicen se sabía hacía tiempo. Son solo suposiciones, leyendas urbanas tal vez. O tal vez no.

1994-2006: Otro período oscuro

Seguramente todas estas suspicacias estuvieron detrás de la decisión que tomara el técnico Luis Cubilla, designado para la eliminatoria para 1994 de no convocar futbolistas del medio.  Si bien es cierto que los consagrados no habían estado a su altura en el mundial anterior, mal o bien eran los mejores jugadores que había y la terquedad del técnico – y de quienes lo confirmaron en el cargo – contribuyó a generar un clima cuyo único resultado podría ser el fracaso.  El presidente de la Asociación Uruguaya de Fútbol era Hugo Batalla y en esa época circulaba un chiste de que el problema de la selección solo lo podía solucionar el Pato Donald, ya que todo era un problema entre Hugo (Batalla), Paco (Casal) y Luis (Cubilla). Al final los del exterior vinieron, pero ya el caos no lo paraba nadie, porque la relación entre los jugadores y el técnico no era la mejor. Luego cambiamos el técnico (Ildo Maneiro) y el equipo repechó, pero ya se habían dejado muchos puntos.  La debacle final llegó en el último partido: había que ganarle a Brasil en Maracaná y dejarlo afuera para clasificar, algo impensable, por más que de nuevo la prensa empezara a agitar el fantasma de 1950, jugando también con la coincidencia de que a Brasil el empate le alcanzaba para clasificar. No sólo fue imposible, sino que la imagen televisiva nos mostró otra triste expresión de Uruguay, incapaz de parar una pelota. Nos dieron un baile tremendo. En alguna medida me hizo acordar a aquel partido contra Holanda en 1974. Aquél mito de “Uruguay se agranda en las difíciles” mostró que era simplemente eso, un mito, una invención, no una característica inevitable de nuestro juego. Ahí también comenzó la distancia de Francescoli con la hinchada que terminó por no quererlo. Si bien, es cierto que se ganó la antipatía de la gente por ser uno de los que más lío armó en aquel proceso, fue, pese a ello uno de los que más trató de jugar al fútbol. Pero para la historia del fútbol uruguayo ha quedado más bien como un villano (pese a que un año después fuera clave en la Copa América ganada por Uruguay). El fútbol uruguayo ha sido ingrato con Francescoli jugador de fútbol.

Para la siguiente eliminatoria se abandonó el sistema de series y se jugó todos contra todos y el fracaso fue aún más estrepitoso. Uruguay  mantuvo al técnico de la selección que ganara la Copa América en el 95, Héctor Nuñez. Se mantuvo hasta que los fracasos se comenzaron a acumular y se cambió primero por Juan Ahunchain y luego por el ya octogenario Roque Máspoli, quien agarró la selección ya eliminada. La selección, en pleno cambio generacional, nuevamente no jugó a nada y quedó séptima entre nueve equipos. Era nuestra realidad de entonces.

2002 implicó un fugaz retorno a los mundiales. Yo hacía años que me había divorciado, vuelto a casar y ahora tenía un hijo más. Comiendo tallarines y tomando cerveza, vi con  un grupo de estudiantes uruguayos en Washington DC  aquel partido en que se logró la clasificación contra Australia en el Centenario, luego del bochornoso recibimiento que se le hiciera a los aussies.  Terminamos todos abrazados festejando, aunque casi no nos conocíamos. El partido se jugó muy poco después de los atentados a las Torres Gemelas y el Pentágono del 11 de setiembre. Yendo hacia  la casa donde nos reunimos  pasamos frente mismo al Pentágono y me impresionó que lucía menos destrozado de lo que me imaginaba. Los muros exteriores se veían enteros y habían  tapado con unas planchas que parecían de madera el lugar por donde entró el avión. Si bien el campeonato de Corea-Japón implicaba el regreso de Uruguay a los mundiales luego de mucho tiempo no fue una instancia   de mucho entusiasmo y mis recuerdos de aquella copa son pocos. Es que poner el despertador para levantarse a las 4 de la mañana a ver un partido para recoger nuevas frustraciones no era demasiado tentador.

 

Sin duda los recuerdos más vívidos son el del golazo de Darío Rodríguez contra Dinamarca y sobre todo el de aquel partido contra Senegal,   donde “casi casi” hacemos la hazaña de remontar el 3 a 0 y ganar.    Una forma digna de quedar eliminados, peleando hasta último momento. Fue la primera aparición de Forlán con un golazo en el camino de la recuperación. Y por supuesto, está aquella jugada del final del Chengue Morales errando el gol que hubiera sido de la hazaña con el cabezazo imaginario del técnico Víctor Púa que quedó para la posteridad. Recuerdo que al terminar el primer tiempo perdiendo 3-0 estuve en la duda de si volverme a dormir o si seguir mirando. Al fin opté por quedarme, por aquello de que “cuando juega Uruguay nunca se puede dar un partido por perdido”, que ni yo me creía.

2006 nos encontró de nuevo definiendo la eliminatoria con Australia. Otra vez vi el partido fuera del país, en México DF, atravesando en un taxi toda la ciudad a las 4 de la mañana para ir al lugar donde varios uruguayos nos encontramos. Pero esta vez no hubo alegría. En la definición por penales Zalayeta falló y quedamos fuera. Muchas veces me he preguntado cómo un jugador que falla en instantes decisivos sobrelleva luego la carga: el Chengue Morales errando un gol  que podía haber sido de clasificación, Zalayeta fallando un penal decisivo, Ruben Sosa errando el penal contra España, Eduardo Acevedo dando mal una pelota para que Argentina nos deje afuera o Asamoah Gyan estrellando contra el travesaño la pelota que podía haberle dado a Ghana el pasaje a la semifinal.

2010-2014: El regreso del desierto

Los dos últimos mundiales están muy frescos en el recuerdo, por lo que no quiero extenderme demasiado en ellos.

Sobre el de 2010 se ha hablado mucho, ya que tuvo connotaciones épicas y fue el regreso de Uruguay a una actuación más que digna. Nada hacía prever que esto ocurriría luego del primer partido contra Francia en que sufrimos como es habitual para terminar con un magro 0 a 0  (la última vez que Uruguay ganó en el debut de una copa fue en 1970 contra Israel). Pero el gran partido bisagra fue contra Sudáfrica. Ese partido lo vi en el lobby de un hotel en Buenos Aires junto con un amigo uruguayo que hace muchos años vive allá. Era algo absolutamente inaudito que Uruguay ganara 3 a 0 un partido de un campeonato del mundo. Desde 1954 que no goleábamos a nadie, y aunque Sudáfrica no era un gran equipo, fue el partido que abrió la llave de la confianza para después ganarle sucesivamente a México y Corea, darnos cuenta que algo diferente estaba pasando con esta selección,  y llegar a aquel épico partido contra Ghana, con todas esas connotaciones que, a decir de Haberkorn, hicieron que fuera “el guión que Hollywood necesitaba para hacer una película épica sobre fútbol”.

Ese partido contra Ghana lo vi con mi hijo más chico y su madre, con la cual estábamos viviendo los últimos días de nuestro matrimonio. Recuerdo que cuando el penal de Asamoah Gyan ella se metió en el dormitorio y como allí había una televisión que iba adelantada en la trasmisión (o mejor dicho la del living donde estaba yo con mi hijo iba atrasada), me enteré por su “lo erró…lo erró!!!” que había fallado el penal “antes” que el ghanés lo pateara.  Y cuando Abreu fue a patear el penal decisivo también intuí por adelantado que había sido gol y que nos clasificábamos: un griterío se comenzó a sentir desde una parrillada que había enfrente a mi casa, donde se había juntado un grupo de personas a ver la definición. Ciertamente es una joda eso que las radios, los televisores de aire, los de cable y los de alta definición estén todos desincronizados, y que cuanto más adelante se vaya en la tecnología mayor sea el delay en la trasmisión. No hay nada peor que estar viendo un partido en el que tu equipo está atacando y saber que no hizo el gol porque no se siente ningún bocinazo de ómnibus en la calle.  Durante la Copa de las Confederaciones recuerdo haber recibido un whasapp desde España, de quien ahora era mi pareja, que decía gool! adelantándose – desde el otro lado del Atlántico – como 20 segundos por lo menos al gol del empate de Cavani contra Brasil.

Al final del partido fui hasta la casa de mis hijos mayores a buscar a mi madre, con la cual se habían reunido a verlo. Todo el mundo estaba saliendo a la calle a festejar, algo que hacía mucho tiempo no se daba.  En ese momento me puse a pensar sobre qué cosas les podían estar pasando por la cabeza a mis hijos en ese momento, tal vez algo parecido a lo que yo había vivido en el 70, el no poder creer que Uruguay pudiera estar jugando una semifinal como me habían contado que había ocurrido en el pasado. Tal vez para ellos la incredulidad fuera mayor aún, porque lo que a mí me habían contado había pasado hacía apenas 16 años y de última los antecedentes que yo había vivido no habían sido tan desastrosos como los 40 años de sequía que precedían esta última “hazaña”. De hecho, yo mismo nunca pensé que podría volver a ver alguna vez a Uruguay peleando la definición de un campeonato entre los 4 primeros.

Luego vino la semifinal contra Holanda que dio la pauta de lo que era aquella selección: fue el mejor partido que jugó contra el mejor equipo que le tocó enfrentar. Y me quedan presentes las palabras del Presidente Mujica cuando recibió al equipo: “se nota si un árbol es grande por la forma en que cae”. (algo más o menos así). En aquel partido contra Holanda quedé casi sin aire y mareado al gritar el empate de Forlán con todos mis compañeros de trabajo.  Fue una de esas derrotas donde uno encuentra rápido consuelo en la dignidad de la actuación y no hay lugar para la bronca.  Poco para decir  del partido con Alemania por el tercer puesto;  por el tercer y cuarto puesto como dicen los periodistas deportivos, cuando en realidad lo que se disputa es el tercer puesto. (Nadie dice “jugaron la final por el primer y segundo puesto”). Un lindo y entretenido partido, pero sin el entusiasmo de jugar por algo valioso.

Brasil 2014 fue algo raro. Empezando por todas las cosas sin sentido que se dijeron sobre que Brasil estaba empeñado en que Uruguay no llegara lejos, ya que nos temían, y que habían digitado las series para que nos tocara la más difícil para que quedáramos afuera rápidamente. Por otra parte ahora nos sentíamos entre los grandes y con la confianza de llegar lejos.  Pero la lesión de Suárez y la derrota en el partido inicial ante Costa Rica parecían frustrarlo todo. Ganarle a Inglaterra e Italia parecía imposible. La última vez que le habíamos ganado a un europeo en un Mundial había sido en el 70 a la Unión Soviética.

El triunfo contra Inglaterra compite en mis recuerdos, precisamente con el que le ganamos a la Unión Soviética, respecto a cuál fue el triunfo de una selección uruguaya que disfruté más. Y cuando rememoro las imágenes de Suárez gritando con bronca los dos goles creo que sale ganando. Antes del partido – que vi en mi casa con mi madre y tres de mis hijos (mi otra hija estaba fuera del país)   en un televisor de plasma de 48 pulgadas, (Panavox comprado en Carlos Gutiérrez pero de plasma y 48 pulgadas al fin) les repetí a mis hijos lo que mi padre, proféticamente,  me había dicho 48 años atrás: “Inglaterra nunca pudo con nosotros”. Y efectivamente esta vez se volvió a dar, pero con un triunfo resonante y no con un empate como en el 66. Faltando pocos segundos nos levantamos a festejar el triunfo que parecía ya asegurado, todos menos mi hijo menor quien no se animó a expresar su alegría hasta que el juez diera el pitazo final. Es que estaba curado de espanto , luego que unos años atrás en un partido contra Argentina, decisivo para clasificar a unos juegos Olímpicos, el relator anunciaba faltando pocos minutos  “Uruguay de nuevo en una Olimpiada luego de 80 años”. Y no terminaba de decir eso cuando Argentina hacía el gol que nos dejaba afuera.

El partido contra Italia fue tremendamente agridulce. Fue un partido de mucha tensión visto con mis compañeros de trabajo en una pantalla gigante con una antena especial que nos dio la exclusividad de verlo íntegro, ya que en la zona se cortó el cable y la mayoría de la gente se perdió buena parte del mismo.  En un determinado momento siento que alguien atrás mío dice, con una voz tenue, como perdida…gol; seguramente lo había escuchado en la radio, porque unos segundos después fue el cabezazo de Godín que nos daría la victoria. Sin embargo aquello que habría sido un gran festejo quedó en el fondo de todos nosotros empañado por la mordida de Suárez. Si miramos toda la historia de Uruguay en los mundiales Italia e Inglaterra eran los dos equipos más fuertes que habíamos vencido en un mismo mundial. Nunca antes habíamos vencido dos poderosos en un mismo torneo. Ni siquiera las veces que salimos campeones. Pero lo de Suárez lo arruinó todo, sacando buena parte de las ganas de festejar, determinando que la alegría no fuera completa. ¿Hubiéramos llegado más lejos si Suárez hubiera estado contra Colombia? Nunca lo sabremos, pero lo que sí es cierto que de nuevo volvieron a revivir los viejos fantasmas de la conspiración anti-Uruguay. Antes del partido con Colombia los periodistas deportivos insistían en que Uruguay estaba tocado por la injusticia que le habían hecho al goleador y que en esas circunstancias sacaba todo lo mejor de sí. De nuevo el viejo mito de “Uruguay se agranda en las difíciles” que se diluía en la impotencia de nuestros jugadores que no podían con un rival que realmente jugaba a algo, no como nosotros.

Final

Y bien, hasta aquí llegué. Me excedí en lo que quería escribir, y casi sin proponérmelo, a través del análisis de mis vivencias de Uruguay en los mundiales fui reconstruyendo etapas de mi vida, de la historia del país y hasta de la evolución tecnológica. Por mi relato han desfilado unas cuantas personas que han sido importantes en mi historia personal y he atravesado democracia y dictadura,   radios a válvula y pantallas gigantes, pasando por  tv blanco y negro con antena en la azotea,  tv color, tv cable,   pantallas planas.  El Salmón ha sabido ser muy crítico con la forma en que se han sobrevalorados nuestros títulos pasados y en la forma en que el fútbol es un receptáculo de algunas de las características más negativas como sociedad. Pero, pese a ello,  no puede sustraerse a esa inexplicable pasión que lo ha acompañado prácticamente toda su vida. Es que el fútbol es parte de la historia personal de la mayoría de los uruguayos.

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  1. Estimado Salmón. Por falta de tiempo, me cuesta mantenerme al día con su producción de columnas. Espero sepa disculparme. Le cuento que, en esta oportunidad estuvo un poco menos crítico que de costumbre, lo cuál muestra la parte sensible de su personalidad.
    Mientras ud relata en qué circunstancias personales y familiares fue viviendo cada partido, yo fui recordando mis propias vivencias en esos momentos. El fútbol tiene la capacidad de marcar nuestras vidas.
    Un abrazo. Conrad (creo que participé en algunos de sus relatos).

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    • Señor Conrad:

      Le agradezco sus conceptos.
      No se trata de ser crìtico por serlo. Pero ademàs son dos cosas distintas, las vivencias emocionales, personales de las cuestiones màs racionales donde uno toma en consideración otros elementos. Por otra parte mi blog no es un blog de fútbol, el fútbol es un vehiculo donde se ven muchas de nuestras características y donde se canalizan muchos de nuestros afectos.

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