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LAYLA, UN CUENTO INÉDITO DEL URUGUAY DE PRINCIPIOS DE LOS 90

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(Autor casi desconocido)

Ricardo Ojeda conoció el amor a los 33 años. Tan tardía experiencia le llegó de una forma que jamás hubiera imaginado, buscado o deseado. Las fantasías que desde siempre había guardado en su imaginación no incluían que fuera a hallar a su compañera en una fría y nublada tarde de junio en el Estadio Centenario presenciando un aburrido partido entre Peñarol y Progreso. Siempre había pensado que un momento tan importante de su vida iba a estar asociado con algo más trascendente que un vulgar partido de fútbol. Su esperanza había estado, por ejemplo, en alguna gran movilización popular donde se chocaban casualmente, entremezclados entre la multitud enfervorizada, a ella se le caía la bandera roja y negra de sus manos, él se la levantaba, intercambiaban miradas, una broma, y ahí seguían juntos con los puños en alto, gritando consignas, mirándose y riéndose de vez en cuando hasta que al final de la jornada se quedaba con su número de teléfono y al otro día la estaba llamando para ir obeliscojuntos a un recital de Universo. Durante el río de libertad del 83 Ricardo nadó de aquí para allá en busca de alguien que le mandara un mensaje; trataba de trabar amistad con las compañeras del comité, esperando conocer a su pareja a partir de una simple protesta por la falta de participación o de compartir la tarea de hacer finanzas, algo del tipo de que si bien alguien tiene que hacerlo en el momento de elegir todos miran para el techo y eso no es solidaridad y entonces una se clava siempre y si me das una mano este bodrio va a ser más agradable y esa vez se quedaban trabajando hasta las diez de la noche, los dos solos apenas con la compañía del radiocasetero que repetía alternadamente “A Redoblar” y “La Murguita”.

cinematecaTambién encontraba a menudo a la mujer de su vida en Cinemateca. Una mesa redonda en Estudio Uno para analizar la filmografía de Stanley Kubrick. El hablaba e impresionaba con su crítica demoledora: Kubrick siempre se escapa, para el futuro o para el pasado, pero siempre rehúye su tiempo; la exaltación de la violencia y la toma de partido por el individualismo en contra del interés social que hace en la Naranja Mecánica es un ejercicio fascista. Al otro día mientras hacía cola para ver a Buñuel ella se le acercaba, y luego de decirle que compartía sus comentarios le acotaba sobre la diferencia que había en el derroche de técnica en la filmación de 2001 o Barry Lindon con las posiblidades de los cineastas del tercer mundo que a veces, como en el caso de los vietnamitas habían llegado a crear verdaderas obras de arte sosteniendo con una mano la filmadora y con otra el fusil. A partir de ahí entraban juntos al cine y se veían todo Tristana y Viridiana y después él la invitaba a charlar sobre las películas en el Paseo del Parque. Hasta entonces nunca había podido poner en práctica todos sus largamente estudiados recursos de seducción desarrollados a través de horas y horas de vuelo de su imaginación. La infinidad de respuestas para otras tantas situaciones posibles, o las innumerables formas de mirar a una mujer que había estudiado quedaban girando eternamente en la materia gris de su cerebro mientras hacía largas y solitarias caminatas por las calles del Centro o mientras se evadía de la realidad en alguna reunión familiar de esas que tanto detestaba. Ricardo no sabía cómo dar el primer paso de acercamiento a una mujer y por eso mismo a lo largo de su vida había visto pasar e irse varias posibles compañeras esperando inútilmente que alguna de ellas prendiera la luz verde avisándole que podía arremeter sin peligro. Asi, durante años había tenido que conformarse con las compañías de las putas de los burdeles, a los cuales se había hecho adicto contrariando sus principios. Llegaba a estos lugares casi siempre en medio de un conflicto. Cómo maxresdefaultpodía ser que estuviera haciéndole el juego a una de las manifestaciones más viles de la sociedad capitalista? Qué podía pensar un compañero del comité si lo veía entrar o salir de un lugar como éste?. Una vez adentro, sin embargo, la luz roja y el olor del espadol o del aire calentado por la estufa de kerosén le hacía olvidarse de todo y lo transportaba a otra dimensión donde tenía todo permitido: no le importaba si la puta de turno tenía colgado un poster de Sandro o si le comentaba que aspiraba a que su hijo cuando grande fuese militar. Como terminaba muy rápido y la diversión se le acababa en seguida, utilizaba a menudo una técnica que le había enseñado un primo: pensar en otra cosa para retardar el momento del goce. Al principio lo intentaba ocupando su atención al tratar de recordar letras de viejas canciones, “cuando canta el gallo rojo…”, o “vamos a ver agüita como viene, esta semana la ropa del señor..” pero no funcionaba. Otras veces lo intentaba con la memorización de los nombres de los 100_2417comités de base (La Redota, Salvador Allende, El Ombú) o de las siglas de los Sindicatos afiliados al PIT‑CNT (UNTMRA, AEBU, SUANP, SUNCA). Pero lo que realmente le daba resultado y le permitía prolongar ese momento unos minutos más era volver sobre algo absolutamente prohibido en su vida real: rescatar desde algún recóndito punto de su cerebro viejos recuerdos futboleros. Así revivía situaciones memorables como los relatos de los goles de Peñarol en la final del 66, o traía a su mente nombres ya casi olvidados de jugadores, que muchas veces ni sabía donde habían jugado: Odriozzola, Climaco Rodríguez, Góngora, Origoni, Di Sevo. Después que todo terminaba volvía hecho pedazos y lleno de culpas al mundo real donde todo eso volvía a estar proscripto.

Ricardo hacía muchos años que no iba al fútbol. Había decidido no hacerlo más desde junio del 73 cuando, en medio de la heroica huelga general de resistencia contra la dictadura, los jugadores de la Selección igual se presentaron a jugar la eliminatoria contra Colombia. Él mismo estuvo en la Tribuna Amsterdam y hasta se angustió FBEBE52EF5D3ABBFB077F94F9AC5D3E4cuando el gol de los colombianos en el arco de enfrente amenazaba la clasificación. Después, en medio de una crisis, se sintió avergonzado de haber estado en medio de esa multitud amorfa a la cual parecía no importarle un bledo lo que pasaba en la realidad. Por eso su sentimiento de culpa, que lo llevó, a partir de ese momento a decidir que el fútbol era un circo y a eliminarlo de su vida. Así dejó de lado este tema en las charlas con sus amigos y nunca más volvió a mirar la hoja de los deportes de los diarios. Entonces ignoró olímipicamente el mundial de Argentina, el de España y por supuesto la farsa de la Copa de Oro. No había pisado más el estadio hasta la noche en que cantó Zitarrosa, aquella jornada que vivió como un verdadero desagravio de sí mismo, algo maravilloso pese a los intentos de la pendejada de echarlo todo a perder con esa estúpida moda de prender encendedores. Pero aquel día no tuvo más remedio que llevar a su sobrino. Le había prometido sacarlo a pasear y Sebastián había elegido ir a ver a Peñarol. Intentó convencerlo ofreciéndole otras cosas: Canciones para no Dormir la Siesta, Teatro para niños en el Circular y hasta la decadencia del Parque Rodó. Pero el guachito se había emperrado y no tuvo más remedio que romper su vieja promesa. Además no quería más líos con su hermana. Hacía ya un tiempo que sus relaciones se habían equilibrado en una especie de coexistencia pacífica después de haber pasado, incluso meses sin hablarse cuando hacía unos años Ricardo le había explicado a Sebastián que los reyes eran los padres y que toda esa historia era un invento de los comerciantes para vender juguetes. Se trató de consolar con el hecho de que Progreso era un cuadro de un barrio obrero y con dirigentes comprometidos con el movimiento popular, por más que nunca pudo entender demasiado bien esa mezcla de CX30LaRadio2evasión con militancia. Había quedado con dudas cuando la 30 había decidido incluir en su programación música de rock, cumbias, fútbol y hasta sorteos de quinielas con el fin de enganchar a gente que vivía otras realidades. Está bien, alguien tenía que meter las manos en la mierda, pero se corría el riesgo de que al final todo se confundiera y no se supiera quién está metido adentro de quién. Así que, ese día, después que por la mañana despidiera a su mejor amigo Jorge, que se iba becado a Cuba, se instaló resignadamente en un rincón de la Tribuna Olímpica. Había poca gente; por suerte el fútbol estaba en decadencia y la pasión de multitudes adormecía cada vez a menos despistados. Se sentía raro, avergonzado, en fin, era sapo de otro pozo. Le molestaba todo lo que formaba aquel clima que antes lo había fascinado: las puteadas de los hinchas, el Sorocabana‑café‑calentito‑el‑café, las propagandas por los altoparlantes, los nombres de los jugadores que no conocía, los vendedores de chorizos y la voz de los relatores en las radios a transistores, aquella música monótona y triste que lo retrotraía a tantos estériles y aburridos domingos de su infancia. Apenas terminado el primer tiempo con un insípido 0 a 0 Sebastián se encontró con un amigo, Matías, un niño de su edad que había conocido en el veraneo del año pasado. Matías se les acercó; venía acompañado de su hermana, unos cuantos años mayor que él. Mientras Ricardo la escudriñaba de arriba a abajo se presentaron: ella se llamaba Layla y se había hecho muy amiga de Mariela el año pasado. Apenas lo vio no dudó que era su hermano: la misma mirada, el mismo color de pelo, hasta algunos ademanes característicos. A Ricardo no le gustó mucho este comentario, pero le agradó la extroversión de aquella mujer. Fue también en ese momento que empezó a desear aquel cuerpo cuyas formas quedaban bien marcadas debajo del jean apretado y la campera de nylon. Cuando Layla se levantó a gritar el gol y él se quedó sentado con cara de contrariedad ella le preguntó si era hincha de Progreso. Ricardo no supo qué contestarle, se sonrojó y le dijo que cuando era chico había sido hincha fanático de Peñarol, pero que hacía tiempo que el fútbol había dejado de interesarle y que lo consideraba una actividad perniciosa; trató de dejar bien en claro que había venido contra su voluntad y con la pura finalidad de acompañar a su sobrino. Layla lo miró con cara de burla y le preguntó si su religión le prohibía mirar fútbol. Esta broma inocente molestó bastante a Ricardo, más aún porque iba acompañada de una sonrisa atrapante. Soy ateo, se limitó a contestar sin dejar de mostrar su contrariedad. Ah! El fútbol es el opio de los pueblos,no?. Parecía que Layla se tomaba confianza y tenía ganas de pelearlo, y como vio que perdía decidió cambiar de tema. Pero al poco tiempo se habían enfrascado en una discusión acerca de si los goles del Nando Morena eran comparables con algunos párrafos de Cien Años de Soledad o con las balas que la dictadura disparaba contra su pueblo. Al terminar el partido se fueron caminando hasta la parada, se saludaron con un beso en la mejilla y se fueron cada cual para su lado.

Ricardo quedó bastante ofuscado y turbado; cuando llegó a su casa, y como para desintoxicarse se castigó con Larbanois‑Carrero : “Guerras y muertes/ miseria y dolor/ crisis, deporte/ el dólar subió… El sueldo no alcanza/ no se puede más. No se aflija doña/ todo cambiará/ todavía existe/ la fraternidad.” Pero la imagen sensual de Layla que aparecía una y otra vez le impedía meterse en la melodía. Además estaba rabioso por haber perdido una discusión de esa forma, derrotado por una sonrisa burlona. También se preguntaba qué estúpida razón le había impedido pedirle su número de teléfono para verla otra vez. “Otros como vos se unen/ y ya no puede el cansancio/ porque están juntos y fuertes/ y en la tierra hay algo claro.” No había caso, la poesía de Benávidez hoy no le llegaba. Apagó el tocadiscos, armó el mate y se fue a recorrer liberías por el Centro.

Apenas tres semanas después se la volvió a encontrar. Fue en el cumpleaños de su hermana. Ya nos conocemos, le dijo cuando Mariela se la presentó. Buscando la revancha se le sentó al lado, y ahí tuvo ocasión para charlar y pelear durante más de tres horas. Aquella mina lo confundía, empezando por su ridículo nombre agringado que le sonaba a motor de ómnibus, siguiendo por su personalidad incoherente y terminando por aquellos ojos alegres que se le metían como dos agujas en los suyos. Pero sus contradicciones eran tremendas, Layla debía tener algún rasgo esquizoide: leía a García Márquez, y miraba teleteatros. Había votado al Frente y no le gustaba el canto popular, sólo los dudosos y ambiguos Jaime Ross y Mateo, si es que a ellos se los podía incluir dentro de esta categoría. Le gustaba el fútbol más que el teatro. A veces veraneaba en la casa de una amiga en Punta del Este, aunque también solía acampar en las costas de Rocha. Evidentemente, no tenía nada que ver con Layla, lo que era una verdadera lástima porque por más que luchaba con todas sus fuerzas para evitarlo cada vez le gustaba más, y cada vez era más evidente que ella quería guerra. Nunca le habían prendido una luz verde como en esta ocasión, por eso al terminar la reunión se rindió y le pidió su número de teléfono. Le prometió llamarla para seguir discutiendo. Después de todo, parecía ser muy inteligente y de buenas intenciones; tal vez valiera la pena ver si la podía cambiar.

sorocaesquinaEl sábado siguiente a la noche y luego de mucho pensarlo la invitó a charlar al Sorocabana. Apenas él empezó a fundamentar sobre la necesidad de crear un hombre nuevo Layla lo cortó en seco: me invitaste a salir para empezar con esa lata otra vez? Yo pensé que íbamos a hacer algo más entretenido.  Cómo qué ?. No sé, ir a bailar, por ejemplo. Ricardo se quedó descolocado una vez más. Bailar? Cómo se le podía ocurrir? Desde los quince años que no pisaba un baile. Le parecía algo estúpido, sin sentido, superficial. No era acaso mucho mejor para la comunicación de la gente sentarse a charlar frente a un pocillo de café o juntarse alrededor de un tocadiscos en una reunión de amigos?. La gente se pone guaranga cuando va a bailar, saltan como epilépticos, gritan, toman alcohol, se ríen de estupideces. Decía todo esto mientras Layla lo miraba directamente a los ojos y mientras los dos apuraban el café. Pagó, y casi sin decir palabra, la tomó de la mano y la sacó del lugar. Caminaron unos pasos, y frente al Ateneo, en medio de la semioscuridad aprovechó un impulso para abrazarla y besarla torpemente en la boca. Ella se dejó hacer y se le colgó del cuello. Ricardo se sintió en la gloria. En aquel momento no le importaron las contradicciones, la cultura del teleteatro o los bailes. Ahora sólo quería quedarse así, junto a Layla y no separarse más.

Al otro día ella lo invitó a su casa. Era un pequeño apartamento con pocos muebles, pero que a Ricardo le parecieron ordenados con un sentido bien burgués. Layla puso algo de música que Ricardo no soportaba pues era en inglés. En la lengua del imperio sólo soportaba a Joan Baéz y algún tema de los Beatles. Le pidió que pusiera otra cosa, y Layla con esa mirada maliciosa que tanto fascinaba a Ricardo le puso una ensalada de porteñada de los años 60. Sacá eso, por favor, no lo soporto. Pero Layla no le hizo caso, lo besó en la boca, le mordisqueó los labios y mientras desfilaban La Joven Guardia, Los Iracundos, Kano y los Bulldogos y los Tíos Queridos hicieron el amor como si después no hubiera más nada. Ricardo sintió que entraba en una vorágine de placeres sin límites que le hacía posponer por el momento su necesidad de compatibilizar con Layla los distintos estilos de vida que llevaban. Layla era una amante experimentada y atrevida que lo transportaba a dimensiones que nunca se había imaginado pudieran existir, haciéndole olvidar incluso toda la miseria que hasta entonces había significado su pobre vida sexual.

Layla torció totalmente la vida de Ricardo. A los pocos meses de noviazgo ya había abandonado todo intento por cambiarla. Layla lo había derrotado por completo. Apenas Ricardo empezaba con sus argumentos militantes ella arremetía con las caricias más exquisitas que lo dejaban sin argumentos. Era toda una experta en materia amatoria y conocía perfectamente sus puntos débiles. Las noches de amor y sexo que se repetían sin pausa no le dejaban tiempo para otras preocupaciones. Layla era un juguete nuevo en las manos de un niño que comenzaba a descubrir el mundo. A medida que pasaba el tiempo se dio cuenta de que estaba perdiendo interés por la actividad militante y comenzó a distanciarse del que hasta entonces había sido su mundo. Mujer dominante, Layla no se separaba de él un instante y durante los dos años que duró su noviazgo no hubo una sola noche en que saliera sin ella. Dejó de lado las reuniones del comité, las asambleas sindicales, los recitales, los actos políticos. En cambio comenzó a frecuentar las discotecas, las canchas de fútbol, y hasta pasó algunas noches mirando televisión. Por supuesto se fue distanciando de sus viejos amigos. A algunos de ellos comenzó a evitarlos, otros lo fueron haciendo a un lado a él cuando vieron que ya no era el mismo de antes. Sólo Jorge se salvó del desbande, ya que el intercambio de cartas que mantenían era tal vez uno de los pocos reductos de intimidad que no habían sido invadidos por la personalidad arrolladora de Layla.

Fue entonces que con frecuencia comenzaron a atacarlo estados depresivos. Al principio no pudo percibir cuáles eran las causas reales de éstos. Después empezó a darse cuenta que le venían luego de disfrutar algo. Era distinto a las viejas culpas que en otra época solía sentir cuando la pasaba bien y le venía el remordimiento por los que a esa misma hora estaban sufriendo. Más bien era todo lo contrario, era una sensación de reconocimiento de todo lo que se había perdido antes. Como cuando llegás al cine y la película está empezada y te perdiste la mejor parte, le escribiría por ese entonces a Jorge. Como poner un disco y sentir que la púa salta los primeros surcos, le contestaría su amigo haciéndole burla. Lo cierto era que sus angustias cada vez más crecientes lo sorprendían de la forma menos pensada: un día Layla lo descubrió en su cuarto 52726feb7ea37llorando y lamentándose el no haber podido disfrutar el gol de Diego Aguirre en la final contra el América de Cali, el haber rechazado tantas invitaciones a fiestas, el no haberse podido permitir el goce de tomar alguna copa de más y ponerse a cantar cualquier boludez con sus amigos, y muchas otras cosas más que al principio enternecieron a Layla, pero que al final comenzaron a fastidiarla. Porque además detrás de aquellas angustias venían las otras. Ricardo nunca había cambiado del todo su forma de ser y desde muy adentro suyo terminaba volviéndole inevitablemente la vieja culpa por estar sufriendo por cosas vanas. Cómo podía amargarse por haberse perdido todas esas cosas cuando había personas que habían pasado años en cana privados de lo más elemental, como un plato decente de comida o la propia luz del sol?.

Pero lo peor de todo fue cuando empezó a lamentar el no haber conocido a Layla antes, y con ello a sentir envidia de todas las personas que habían estado con ella en el pasado, sorprendiéndose a sí mismo de que alojara en el fondo de sí un prejuicio de ese tipo. Las depresiones le venían después de hacer el amor y comenzaron a tornarse tan insoportables que empezó por tratar de evitar los encuentros. Sería muy poco original de quien escribe estas líneas, y por lo tanto un insulto al lector que tan pacientemente ha llegado hasta aquí el hacer de Ricardo un impotente sexual. Simplemente les contaré que todas estas situaciones terminaron por generarle un estado en el que le era imposible estar a solas con Layla y esto terminó por deteriorar definitivamente su pareja.

Su amistad con Jorge se terminó al mismo tiempo que su relación. Fue a partir del regreso de éste, del mismo día en que se reencontraron en su apartamento que Ricardo comenzó a percibir como las mismas sonrisas, el mismo tono de broma y el mismo tipo de miradas que lo hicieran caer en las redes de Layla parecían ahora orientarse hacia su viejo amigo recién llegado, y éste, tal vez entusiasmado por los comentarios que el propio Ricardo hacía de su compañera en sus cartas comenzó a responderle con inequívocos actos de seducción. No pasó mucho tiempo antes de que la realidad se le viniera encima con toda su fuerza. Poco tiempo después del triunfo de Violeta Chamorro en Nicaragua, un presagio maldito, sin duda, Layla lo dejó por Jorge. Fue todo muy rápido, sin explicación, apenas unas palabras de despedida, quedaban los recuerdos de los buenos momentos, él tenía que pensar que las parejas no son más como en la época de los abuelitos hechas para durar toda la vida. Igual que las afeitadoras o los pañales ahora no son más que elementos desechables, y es mejor así. Pero Ricardo no iba a encontrar consuelo en estos argumentos, se sentía una vez más una víctima de la sociedad consumista, para la que sin duda no estaba preparado. Le daba mucho dolor pensar que Layla nunca le había dado la oportunidad de poder solucionar sus conflictos y así poder reconstituir la relación. En el capitalismo lo que no funciona se tira y se cambia por otra cosa igual, (además en muchas cosas Jorge era muy parecido a él), no hay posibilidad ni interés en reparar nada.

Todo su mundo se desplomó. Layla había pasado como una ráfaga de destrucción y no había dejado nada en pie. Le había dado a probar nada más que un poco de ella y se había marchado dejándolo además con su viejo mundo destruido. Con qué cara iba a volver ahora al comité, o a buscar a los viejos amigos de los que se había apartado súbitamente? Sintió que ya su vida no tenía sentido, que no tenía a donde ir, como si fuera un personaje de final de película de las de Fellini de la primera época. No se le ocurrió suicidarse, por supuesto, hubiera sido una cobardía. Tampoco lo necesitaba, porque empezó a sentir que el final llegaba solo (después de todo no era más que un personaje de ficción en las manos de un escritor caprichoso y él lo sabía), aunque ni siquiera el presentir que podía tener un final parecido al de la Niña de Guatemala le servía como consuelo.

La noche que sintió que todo terminaba y que le quedaban unas pocas líneas de vida decidió recordar el lugar donde había conocido a Layla. Se fue caminando hasta el estadio, atravesó el cauce ahora seco del río de libertad, miró la luna, le llamó la atención lo grande y redonda que estaba y empezó a confundirse con unos personajes extraños que parecían ir en su misma dirección como a buscar el encuentro con un dios al que hacía mucho tiempo buscaban ver. En ese punto no podía distinguir si estos seres eran fruto de su imaginación, de la realidad del mundo de los vivos o de que estaba traspasando el umbral de la vida. Llegó frente a la Tribuna Olímpica y, ya sin fuerzas, se tiró al piso mientras dejaba que sus recuerdos se le entreveraran. Una y otra vez aparecía Layla gritando el gol de Peñarol mezclado con la visión de una pared fallida entre Forlán padre y Rocha que había presenciado en su infancia, del apagón el día que cantó Zitarrosa, de la tímida volanteada de resistencia de la CNT el día del partido Uruguay‑Colombia, hasta que perdió el conocimiento. Lo despertó un sonido extraño, una especie de música incomprensible, alguien que pegaba gritos desgarradores y una muchedumbre que los repetía. Oía mal, o realmente estaban todos llamando desesperadamente a Layla, haciéndose solidarios con su tragedia?. Después de un rato los gritos terminaron y se oyó una música tranquila, descansada, celestial. En medio de su debilidad se imaginó que alguien vestido con una ropa muy blanca lo invitaba a seguirlo hasta el cielo. Era lo que le faltaba. Darse cuenta, justo en el momento de morirse que también sus convicciones ateas fallaban, y que tal vez Dios existía. Eran demasiadas cosas juntas. No tuvo más tiempo para preguntarse si todavía estaba a tiempo de encontrar un lugar en el cielo para él, pues ahí no más se murió convirtiéndose en un pequeño punto redondito sobre un papel blanco.

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  1. CUÁNTA VIDA EN los CUATRO VERSOS de este cuento! (en el que yo escribí mi personaje estuvo en la final del Mundialito)

    PD. (uno no debe olvidar que las mujeres de los amigos “tienen bigote”)

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    • Yo sabía que con este cuento usted iba a volver al ruedo de los comentaristas del blog !!! saludos

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      • En virtud de la lectura del mismo es que le envié un tuiter con la foto de mi entrada del Mundialito ( las connotaciones las dejo libradas a su intuición…”futbolera”?)
        PD En el anterior blog (Verne), estuve a punto, pero me “desarmó” tanto su nostalgia que no me animé a comentar nada, por miedo a resultar sensiblero. En otro momento le cuento…sobre esos cuentos.

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      • no hay problemas con la sensiblería. no se reprima.

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  2. Puse “cuánta” en lugar de “tanta” porque mi reflexión tiene más de interrogación e incertidumbre que de exclamación y convicción.

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  3. ignostico_misantropo_nihilista_iconoclasta

    es que dentro de lo incomprensible que es la “vida” la amistad,el amor,y otras cosas intangibles deberían ser medidas solo por nosotros mismos y no por parámetros establecidos,yo trato de guiarme por mi propio termómetro (difícil pero no imposible y con mis errores,o no) como ya confesé soy muy poco letrado convencionalmente, y dentro de ese “poco” me agrada leer a Emil Cioran (cuestión de gustos) de todos modos el cuento en cuestión esta bastante bueno

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  4. Leonidas Anselmo Estupiñán

    Salmón: no tenés vergüenza. Te estás burlando en ese estúpido relato de gente que dejó su vida por una idea. Se ve que vos nunca militaste ni te pasó nada…Cretino !!!

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  5. Siento esta historia, “un cuento” quizás muy racional para ser tejido literario. Más historia que literatura, el relato me gustó por lo real. Así fue. Felicitaciones por lo bueno que está este blog que termino de descubrir.

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