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EL ENVEJECIMIENTO DEL HIPOCONDRÍACO

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Todavía no soy viejo, pero estoy envejeciendo. Como todo el mundo, desde el día que nace, pero yo ya llevo un poco más de tiempo haciéndolo. Y además soy hipocondríaco. Y eso es una mezcla explosiva. No soy un hipocondríaco común y corriente, de esos que se sugestionan y sienten los síntomas de una enfermedad y casi como que se enferman en serio. No, yo soy de otro tipo. Soy de los que piensan que la ausencia de síntomas está ocultando alguna enfermedad mortal que aparecerá en un análisis de rutina. O de los que piensan que cualquier síntoma – que en realidad corresponde a otra cosa –  puede ser cáncer. Por eso me da terror ir al médico. Y más terror aún hacerme análisis. En eso soy tremendamente irracional. Sé perfectamente que si uno tiene algo es mejor que lo agarren a tiempo, que cuanto antes le descubran la enfermedad más posibilidades tiene de curarse. Pero yo tengo ese pensamiento mágico de que las enfermedades existen cuando a uno se las detectan, lo cual me lleva a eludir ir a las consultas de rutina.

Los médicos y gente de su entorno a veces ayudan poco también . En una oportunidad tuve que hacerme una tomografía debido a unos dolores de espalda que me habían dejado duro. Cuando termino de hacérmela  el médico o el practicante que la informaba me abre esa especie de ataúd en que a uno lo ponen en esas circunstancias y me dice: “Está bien”… hace una pausa y se rectifica de esta manera: “bueno…. quiero decir que ya terminó”. Me dio a entender de alguna forma como que no todo estaba bien, que el “está bien” era en ese caso sinónimo de “terminó el estudio, se puede ir”. Obviamente que me fui a mi casa preocupado por qué era lo que había querido decir y con la cabeza dándome vueltas respecto a qué cosa podía haber encontrado. Al otro día cuando voy a buscar el resultado en el informe me aparece que la parte ósea estaba bien, pero me agregan lo siguiente: “proceso expansivo sólido en riñón izquierdo”. En buen romance eso significa tumor. Menudo susto. Desde hacía mucho tiempo me habían detectado mediante distintas ecografías un quiste en ese mismo riñón. Un quiste es como una especie de ampolla llena de agua, es algo líquido, no sólido como decía el informe. Es benigno y en principio totalmente inocuo. Pero claro, se supone que una tomografía es algo más preciso que una ecografía. Al susto original se le sumó el comentario del traumatólogo cuando le mostré las imágenes y el informe: “vaya a ver a un urólogo, mucha gente le echa la culpa de los dolores de espalda a la columna cuando son lo riñones”.  “¿pero esto que puede ser?” El tipo, poniendo cara de “yo no fui”, como si fuera arquitecto, economista o deshollinador y no médico me dice: “no tengo la más mínima idea, consulte a un urólogo”. O sea no solo se lavó las manos sino que además me tomó por boludo. Si yo como simple paciente me daba perfectamente cuenta de lo que quería decir aquello que estaba escrito en el informe no me iba a tragar la pastilla que el tipo que había pasado unos cuantos años por la Facultad de Medicina no lo supiera. Faltó que me dijera que no me olvidara de ponerle pastito a los Reyes que estaban por llegar. Y, cuando uno se da cuenta que le están tratando de ocultar algo, más nervioso se pone. Cuando vi a mi médico de cabecera, si bien relativizó aquel informe tampoco me tranquilizó demasiado: “y….. parece sólido. Pero con este tipo de estudios no se puede determinar concluyentemente si es sólido o líquido”.  Es que los médicos en general se cuidan de ser terminantes respecto a los errores de sus colegas, pero después averigüé y era un disparate haber concluido lo que se concluyó a partir de una simple tomografía. Así que me mandó una tomografía de contraste, que es el método idóneo para detectar la naturaleza del “proceso expansivo“. “¿Me la hago sin apuro, después de las fiestas y las vacaciones?”, le pregunté con mi clásica propensión a meter la cabeza bajo la tierra y patear todo para adelante.  “No, no, hágala ya, no se deje estar“. Así que – además de unos cuantos días que pasé poco menos que caminando por las paredes –  me tuve que someter a todo el proceso de una tomografía de contraste. Primero me tuve que tomar una pastilla que me generó unos retortijones y diarrea nocturnos, luego ya en el examen me inyectaron e hicieron tomar no sé qué porquerías. Finalmente me hicieron firmar un absurdo papel en donde yo declaraba que los médicos me habían informado sobre  todos los riesgos que tenía el estudio… Lo firmé, porque si no no me lo hacían… Pero yo podía saber solo lo que los médicos me habían informado, ¿cómo saber si lo que me habían informado era todo?   Una circularidad digna de Borges.  Todo eso por culpa del que informó mal, para que en definitiva me informaran lo que yo sabía de antes: lo que tenía era un simple quiste renal.

Por otra parte, a determinada edad, uno empieza a ver cómo sus coetáneos comienzan a caer: fulano que estaba tan bien cayó fulminado por un infarto mientras jugaba un partido de fútbol, mengano tiene algo malo, a aquel lo abrieron y lo cerraron, el otro que está todo tomado, a zutano le empezaron la quimio. Es curioso además como la gente se refiere a este penoso tratamiento en términos cariñosos: la “quimio” en lugar de la quimioterapia, como si hablaran del sobrenombre de una persona querida. Por más que uno goce de buena salud y que los análisis vayan dando los valores e imágenes correctas, sabe perfectamente que todo es cuestión de tiempo y que en algún momento algún control no va a estar bien, y que desde ese momento tendrá que enfrentarse a una dura realidad de mirar de cara a “esa puta vieja y fría que nos tumba sin compasión”.

Así es que cada vez que visito a un médico o que me hago un chequeo de rutina  voy aterrorizado. Y más si ha pasado mucho tiempo desde el anterior. Uno parte de la base de que si se controla seguido en un período de, digamos, un año las probabilidades de que aparezcan enfermedades que antes no estaban en un grado avanzado son menores. Pero si pasaron 3 o 4 desde el último análisis uno corre el riesgo de encontrarse cualquier cosa, con lo cual el miedo aumenta en forma exponencial y se cae en un verdadero círculo vicioso: cuanto más tiempo hace de la última visita menos incentivo para un hipocondríaco como yo negador de la realidad en visitar al profesional. Y encima, a veces, algunos médicos tienen la costumbre de rezongarnos cuando nos dejamos estar. Todo eso me lleva, además, a que cada vez que visito al médico y este me controla la tensión arterial ésta se dispara automáticamente.

Como también tengo mi parte racional y a la larga termina imponiéndose sobre prostata-Solocachondeomis tendencias hipocondríacas, ya me he sometido, en mis años de vida, a una gran variedad de exámenes. Entre ellos el famoso tacto prostático. Les confieso, lo que me aterra de este humillante análisis no es el ser penetrado por el dedo envaselinado del urólogo, sino la posibilidad de me encuentren algo. Lo del dedo no es que me guste tampoco, pero no es para tanto y a veces me divierte pensar que a esto mismo se han sometido también gente como Mick Jagger, Tabaré, el Pepe Mujica o Donald Trump. Y además siempre está el incentivo de jactarse frente a quiénes todavía no se lo han hecho y  de paso asustarlos un poco.

Pero sin duda lo peor de todo lo he pasado en el último año. Debido a este trauma hipocondríaco hacía casi cinco años que no me hacía un estudio.  Hacía algunos meses que la cabeza me daba vueltas: me había pasado de la raya, así que la semana que viene iba y sacaba hora con el médico para ponerme al día con mi chequeos. Desde que empezó el año todas las semanas me lo planteaba para la semana siguiente, y siempre tenía una excusa para postergar la visita. Hasta que un día, por el mes de abril,  visité a un amigo, quien me comenta que se había hecho un PSA de rutina y le había dado 4. Lo agarraron a tiempo, pero le tuvieron que sacar la próstata.  Esa noche casi no duermo y ahí reaccioné y volví por un instante a ser una persona racional (bueno, esto hasta por ahí nomás, porque en realidad aquí mi racionalidad estaba movida por el miedo). Al día siguiente estaba pidiendo hora con mi médico de cabecera. Por supuesto, el médico me mandó una batería de exámenes que cumplí rigurosamente. En general los exámenes en sí no me molestan, no me impresiono cuando me sacan sangre, de hecho la miro entrar en el tubito en lugar de cerrar los ojos o mirar para otro lado como hace la mayoría de la gente y además cada vez hacen las agujas más finitas, por lo que casi no duelen; y suelo tolerar bastante bien ese líquido asqueroso y edulcorado que a uno le hacen beber para la curva de glicemia. Lo que me aterra es cuando me llegan los resultados. Por supuesto, hay exámenes más molestos que otros. Uno de los más desagradables es el fecatest: tener que hurgar con una espátula en la propia mierda y ponerla en un frasquito no es algo muy lindo que digamos. Hay otros que son un poco vergonzosos, por ejemplo la orina minutada: uno tiene que juntar la orina de todo el día en una botella de esas grandes de agua mineral (la boca ancha facilita el procedimiento) y es medio difícil de disimular cuando uno se presenta en el laboratorio con su carga.  Además – y esto vale también con las muestras simples de orina – por más que se limpie bien el frasco después de cerrarlo lo más herméticamente posible siempre  queda la sensación de que algo se ha volcado.

Para mayo me había hecho todos los estudios y los resultados me fueron dando bastante bien.  El más temido, el PSA estaba en valores normales. También me fueron dando bien los de colesterol, triglicéridos, ácido úrico, curva de glicemia, sangre en general, orina, los electros, (común y de fuerza), el ecodoppler. La ecografía me confirmó lo que sabía: el famoso quiste y un pequeño cálculo bastante rebelde que ha resistida varias litotricias. Hasta que uno vino mal: “fecatest resultado positivo”. Cabe aclarar que entraba dentro de lo previsible. Incluso yo le había avisado al médico: “mire que tengo hemorroides, es probable que ese resultado me dé mal.” Y de hecho en los días previos al examen me habían estado molestando. O sea, era lógico que la sangre viniera de ahí. Sin embargo,  ver escrito en un papelito con el logo del laboratorio la palabra “positivo” estaba complicado. ¿y si no era eso?.  Lo primero que hice fue consultar en internet. Y una de las primeras entradas cuando se googlea dice: “Detección del cáncer colorrectal mediante fecatest”. Y ni les cuento lo que hay adentro del artículo. Las hemorroides casi ni las nombraba. Así que mi cabeza empezó a dar vueltas y vueltas. A elucubrar y buscar pistas en lugar de ir corriendo al médico directamente. En un artículo que leí decía que el test daba un falso positivo si se había comido carne de vaca en los días previos. Esto me tranquilizó porque la noche anterior me había comido una porción de carne al horno. Pero después vi que eso era para un tipo de examen viejo, que el que se llamaba “fecatest” detectaba solamente la sangre humana. Cada vez que buscaba algo en internet me hundía más. Lo lógico hubiera sido ir al médico y sacarme todas las dudas. Pero a principios de julio tenía que viajar, un viaje importante ya que era un casamiento en el cual quería estar. Si iba al médico y el resultado de todo era que tenía “algo malo” y me tenían que hacer una quimioterapia o alguna cirugía complicada seguramente no podría viajar. Así que me prometí visitar al profesional de la salud después del viaje. Por supuesto, además de todo esto no le dije nada a nadie. Es parte del pensamiento mágico: aquello de lo que no se habla directamente no existe. Cuando volví del viaje pedí hora.  Cuando me vio el médico le mostré todos los exámenes, y por supuesto también el fecatest. Por suerte tenía la coartada de que yo ya le había avisado lo de las hemorroides. El médico, después de felicitarme porque todo el resto me había dado bien, miró lo del fecatest y me dice tranquilizadoramente: “sí, seguramente sean las hemorroides, pero de todas formas le voy a mandar una fibrocolonoscopía.  Sin apuro, hágasela durante los próximos 6 meses, tranquilo. Este tipo de estudios, además, alguna vez hay que hacérselos”…Seis meses !….sentí en el momento una gran sensación de alivio ! Podía tomarme todavía un buen tiempo antes de enfrentarme a la realidad. También me mandó, para que me hiciera en ese lapso un holter.  Si bien toda la parte cardíaca estaba bien el médico quería asegurarse de que no hubiera algún tipo de bloqueo.

Salí con un gran alivio de la consulta, pero a los pocos días el alivio se empezó a transformar en preocupación. Por algo me había mandado la fibrocolonoscopía, algo podía tener. Así que todos los días me levantaba preocupado, pensando en que me tenía que hacer ese maldito examen, elucubrando respecto a las probabilidades de que eso no se debiera a las famosas hemorroides, las cuales, además, me habían dejado de molestar. Todos los días miraba mi materia con la absurda esperanza de encontrar algo de sangre fresca y rosada que me indicara que éstas seguían activas y fueran por ello las causantes del sangrado que detectó el fecatest.  Pero parecían haber desaparecido, con lo cual mi miedo aumentaba. Parecía una mujer que ha tenido sexo sin protección y que busca ansiosamente la señal de que lo que tiene es un simple retraso. La ansiedad que me produjo esta sensación, además,  provocó que me pusiera a comer más de lo que es habitual en mí, generándome un sobrepeso adicional al que ya tenía. Era algo que no podía controlar. Por otra parte empecé varias veces a hacer dieta, pero mi pensamiento mágico generaba otros pensamientos absurdamente hiponcondríacos: si yo empezaba a hacer dieta y bajaba de peso. ¿cómo saber si estaba bajando de peso por la dieta o por algún tipo de enfermedad grave? si yo comía normalmente (o sea mucho) y no bajaba de peso ¿no sería eso un buen indicio de que no tenía nada terrible? Es increíble las estupideces que uno puede razonar cuando se enreda en sus propias elucubraciones hipocondríacas.

Las cosas comenzaron a ponerse peor aún cuando me apareció el “bultito”. Primero hubo unos días en los cuales sentí como unos pinchazos a la altura del ombligo. Luego los pinchazos desaparecieron y – sin percibir el momento exacto en que apareció – un día me encontré con un pequeño bulto en el ombligo. Al principio no le di bolilla, pensé que sería una consecuencia del exceso de peso que venía arrastrando, algo de grasa acumulada simplemente. Después empezó un poco a molestarme. No era que me doliera ni nada de eso, sino que era una extraña sensación que sentía al enjabonarme la zona. Como que había algo que no estaba en su lugar. Entonces fue que consulté a Mr. google. Y ahí subió de ritmo el gran baile de ansiedad. Lo primero que se encuentra cuando uno busca “bulto en el ombligo” es la descripción a un hernia, algo que en mi caso se correspondía bastante con lo que yo tenía. Pero claro, no era algo demasiado concluyente. Así que para descartar otra cosa puse también en el buscador “tumor en el ombligo”, con la esperanza de que no existiera tal cosa, ya que nunca había oído tal enfermedad. Y ahí sí que abrí una verdadera caja de Pandora imaginaria. Existe una enfermedad que se llama “Nódulo de la hermana María José” que es un tipo de cáncer que se manifiesta con un bulto a la altura del ombligo y que podía aparecer en una variedad de presentaciones. Podía aparecer con dolores o supuración, pero también sin nada de ello. Generalmente era una metástasis de un cáncer en otro lado, como el páncreas….o el colon !!.. y yo con mi fecatest positivo y sin haberme hecho la colonoscopía !!. Muchos de los síntomas no eran concluyentes. Por ejemplo, al ser una metástasis normalmente esto venía precedido por algún otro tipo de malestar, baja de peso pero en algunos casos podría llegar a pasar que fuera asintomático, con lo cual permitía servir como diagnóstico precoz de otro cáncer. Además cuando esto aparecía ya era muy poco lo que se podía hacer, salvo algún tipo de paliativo, pero la sobrevida era de pocos meses. Se pueden imaginar, entonces, cuál empezó a ser mi estado de ánimo, especialmente entre noviembre y enero, que fue el tiempo en el cual más obsesivamente me acerqué a internet buscando una respuesta.

En medio de toda esta ansiedad me propuse dejar los exámenes para  noviembre. Pero siempre había una excusa para postergar: algún viaje o compromiso laboral, las fiestas,  lo que fuera. Seguía sumergido en mi fuga masoquista de la realidad, con mucho miedo y ansiedad. Pero había un límite que no podía traspasar y, por fin, sobre fines de diciembre, ya sobre el borde del vencimiento de la orden encaré con la colonoscopía. Primero saqué hora con mi médico: 24 de enero. Luego coordiné para el 3 de enero el estudio. Aún así, unos días antes, con la autoexcusa de que el régimen alimenticio de 3 días que hay que hacer antes del examen interfería con las comidas de Año Nuevo, postergué una semana el estudio. Por fin quedó fijado para el diez de enero. Esos últimos días fueron los peores. Mi nivel de estrés se fue a las nubes. La cabeza me daba vuelta continuamente, combinando mis dos preocupaciones: el bulto en el ombligo y  la exploración del colon. Leer el instructivo que me mandaron donde me decía para qué servía el examen y las cosas que me podían detectar agravó aún más la situación. Para peor, previo al estudio, hay que hacer una dieta especial que culmina con la ingesta de dos litros de un líquido absolutamente asqueroso: un brebaje salado “saborizado” con un leve gusto a ananá que lo hacía más repugnante aún, con el consiguiente efecto adicional de generar una diarrea líquida.  El día del examen fue terrible. Esa noche no dormí. Es obligatorio ir acompañado, y como no quería molestar a mis hijos, a los cuales además no había dicho nada, le pedí a un amigo (lector de El Salmón, además) que fuera conmigo. Estoy convencido que las enfermeras deben haber pensado que éramos pareja, ya que no es muy común que un hombre  vaya acompañado por un amigo a estas instancias. Pero no me importó, después de todo vivimos en un país que ha superado la homofobia. Luego de una espera interminable, me subieron a una camilla, vestido solo con una túnica y me pusieron un tubito en la nariz como si fueran a llevarme al CTI.  Después me llevaron a una sala llena de aparatos y por supuesto mi imaginación volaba. Por ahí había un cañito de goma del El-negro-del-whatsapp-700-700x440tamaño de los que sirven de desagüe para el lavarropa y me empecé a poner tan nervioso como si hubiera visto al afrodescendiente de Whatsapp. Me daba miedo no despertar de la anestesia (a la cual ellos llaman sedación) y también en un momento me hice la pregunta de si la camarita que utilizaban para filmar mi interior era descartable o simplemente la lavaban después de cada penetración.  Hasta que llegó el momento en que la enfermera me avisa que me van a pinchar. Yo ahí ya estaba totalmente entregado.. “Va a sentir que le viene un poco de sueño” Efectivamente, y fue, como quien dice un abrir y cerrar de ojos, sentí que me dormía y al abrir los ojos una voz que sonó totalmente dulce que me dice: “ya está, salió todo bien. lo único que encontramos fueron las hemorroides”. Se podrán imaginar el alivio que sentí en esos momentos. Meses de incertidumbre que se habían disipado de la mejor forma.

Pero, no toda felicidad es completa. Todavía me quedaba lo otro, lo del bulto. Y además aún tenía pendiente el holter. Respecto a lo primero logré calmar algo mi ansiedad autodiagnosticándome: en algún lugar encontré que algo típico de la hernia es que cuando uno está en posición “supina” (esto es boca arriba), la protuberancia desaparece, y eso es lo que a mí me pasaba. Y por otro lado ya hacía unos cuantos meses que tenía el dichoso bulto. De acuerdo con lo que decía internet ya debería estar liquidado, y la verdad que no sentía nada. El holter, pese a que lo encaré como un simple trámite,  me llevó una nueva intranquilidad al momento de saber el resultado:  todo daba normal, pero aparecían 13 extrasístoles ventriculares aislados. El resultado me llegó unas horas antes de mi consulta con el médico, por lo cual no tuve demasiado tiempo para torturarme con internet, por lo que el nivel de ansiedad y nervios con el que fui a la consulta se disparó fuertemente, al punto que mi tensión arterial en el momento de la consulta aumentó notoriamente. Pero, finalmente, el médico terminó calmándome definitivamente: 13 extrasístoles en un día es algo perfectamente normal y el bultito efectivamente era una hernia. Tendré que someterme a una aparentemente sencilla operación para reparar mi abdomen, pero por ahora debo esperar: la ingesta desaforada de alimentos que tuve, consecuencia de mi ansiedad por todos mis temores hipocondríacos, se tradujo en un aumento de peso, que deberé revertir para poder operarme en mejores condiciones. Por supuesto, me he puesto a dieta porque quiero sacarme esto de encima de una vez. Tal vez luego de todo lo ocurrido  me esté convirtiendo finalmente en un ser racional en temas de enfermedades.

Y a modo de conclusión la conocida frase: “niños, no hagan esto en sus casas”:

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  1. Pufff! no terminaba de leer su larga “premonición” y salté al final Por qué no se deja de joder con tanta expectativa?, me había puesto nervioso y ya estaba pensando lo peor. Imaginé que tanto decir “fi fi” era para luego decir “final”.
    Me siento muy identificado con este “emocionante” (morbosamente hablando) relato. Ya le conté la otra vez en un twit sobre mi “colono” (yo también la “diminuteo” para quitarle dramatismo) Ud me había comentado que tenía una en ciernes, dicho sea de paso lo noté ansioso pero me reprimí el deseo de averiguar detalles, por miedo a parecer invasivo de su privacidad. Muchas veces pasamos por insensibles al no entablar diálogo con quien nos mira en la sala de espera y dice “estamos para lo mismo, no?” y uno asintiendo con la cabeza sigue leyendo la revista Gente de 1999, como si nada, mostrando que es “guapo y aguanto”, creo que en el fondo es una gran timidez mía.
    En las familias rurales como la que me crié se acostumbra ir al médico un rato antes de ir a la funeraria, como para ahorrar el viaje al pueblo. Existía una gran tolerancia al dolor y se lo consideraba incorporado al diario vivir. Tomar remedios? Minga! a lo sumo auto medicarse torpemente, “o se curaban con yuyos” como decía Yupanqui. A propósito de la automedicación, hace muchos años una vecina le dio a una sobrina que tenía catarro un jarabe vencido de muchos años y se murió de intoxicación,
    “Los médicos cuando te agarran ya no te largan más” decía mi abuelo materno, “si me salvé de las balas de los colorados, lo demás viene de chiripa” decía y de paso nos contaba alguna historia de muertes “bobas”, con rifles mal cargados o casualidades en 1904. La que recuerdo mejor es de uno que vivía asustado y con miedo a morir en alguna refriega y que luego se cayó en pedo del caballo, partiéndose la cabeza en un poste de alambrado, cuando regresaba a su casa terminado el conflicto. Mi abuelo murió de 103 años, nunca le dieron vacuna ni visitó un médico y sólo se enfermó para morir a las pocas horas.
    A dónde iba con toda esa historia? a que la medicina es imprescindible pero que en algunos mortales se nos transforma en una carga obsesiva con mucha información fragmentada y que mal manejada nos enloquece. Justamente esta semana un médico me dice que una de mis afecciones es psicosomática, típico diagnóstico de mutualista que no quiere gastar plata en análisis tercerizados y muy caros….como le pasó a mi vieja que tuvo la mala pata de enfermarse en vísperas de Navidad y no había técnicos primero y ambulancia después (pasaron horas),”Es un malestar pasajero, tómese estas gotitas” y la mandaron para la casa A las 12 horas estábamos de vuelta y a las puteadas (literalmente), la ingresaron entre arbolitos de Navidad y paquetes de regalos para funcionarios, que no dejaban de hablar por celular y festejar memes graciosos recibidos a cada momento. Ante la presión que le ejerció la gritería que le armó la Tana (mi esposa) y mi silencio que antecedía una tormenta de piñas, comenzaron a interesarse. En definitiva no se encontró anestesista ni cirujano (“el asado está pronto!!”) y “hay que derivarla a Montevideo, quédense tranquilos, es una obstrucción intestinal, no es grave y allá van a estar esperándola para operar de inmediato”
    Resumiendo, horas de espera de una ambulancia, luego al llegar a Montevideo nadie sabía nada y la “inminente” operación la hicieron 18 hrs después. Al otro día descubren que habían cometido un error y tuvieron que operarla de nuevo, etc etc y ahí empezó la famosa cantinela “bueno Sr. su madre tiene 86 años!!” frase que me repitieron como justificación a una desidia corporativa con la que muchos (no todos, por suerte) se limpian el culo entre ellos.
    Mi madre murió a las 3 semanas, luego de luchar porfiadamente y negando cada mañana esos resignados comentarios “es imposible que pase de esta noche!”,
    Sigo sin comprender aún la típica respuesta médica de “Bueno Sr, qué quiere? tiene 86 años!”.
    PD para muchos facultativos la sigla VDM se ha incorporado a su encriptado léxico (averigüen su significado si tienen algún médico amigo).

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  2. ignostico_misantropo_nihilista_iconoclasta

    Guaya,me sucedió algo similar con mi madre (88 años en el momento de su fallecimiento) no en el tema de la fecha festiva sino en que “sr.tiene 88 años” y coincidió en tiempo y lugar con los enfermeros “angeles de la muerte” la historia seria muy larga de contar a que voy ? voy a que me parece que la manera mas fácil de salir que tienen (como en el caso que cuento) es poner en el certificado de defunción “infección generalizada” y a llorar al cuartito.
    es sabido desde siempre que absolutamente todos moriremos tarde o temprano,pero seria bueno que no sea por omisión o negligencia medica

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    • Igni, no sabes cuánto te entiendo! Yo también evité agregar los detalles de las peores 3 semanas de mi vida Confirmé muchas cosas que sospechaba pero me negaba a aceptar sobre la naturaleza humana, en una forma rápida y dolorosa.
      Abrazo

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  3. No se deje matar por la industria farmacéutica y pruebe la homepoatía. (Sacrasmo)

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    • la pròxima voy por las flores de Bach

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    • ignostico_misantropo_nihilista_iconoclasta

      Cantriple6,mire que su sarcasmo no anda lejos de la realidad, tengo algunos vecinos ancianos ( al menos ahora recuerdo a 3) que están recetados a tomar mas de 20 pastillas diferentes al dia “for ever”,según los médicos estos medicamentos los mantendrán con vida y relativamente sin dolencias mayores,pero económicamente “los matan” ya que se les va la jubilación en remedios y todo el dia pendiente de : a tal hora la amarilla ,a tal hora la verde,a tal hora la…,creo que en mi caso si llego a eso solo tomaría calmantes al momento de dolores fuertes y a reventar cuando me toque,pero claro desde la tribuna parece fácil patear un penal,cuando le toque a uno quizás no la vea tan facil

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      • Sé que no está lejos de la realidad, es más, esa es la realidad para muchos.
        Lo tú dices es real, aunque una cosa (el costo de los medicamentos) no se soluciona cayendo en pócimas mágicas…

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